Edmée Pardo
Escritora, lectora, maestra, voluntaria, bien humorada

Lencería, pasiones


De que los germanos llegaran a Roma con prendas que protegían los pies de las inclemencias del tiempo, y las egipcias usaran de las vendas con que atajaban las momias para sujetarse el busto, han pasado miles de años, cuerpos y costureras para llegar a lo que es hoy el mundo de la ropa interior femenina. Basta pasearse por la sección de lencería de cualquier comercio (mercado sobre ruedas, supermercado, tienda departamental o boutique) para darnos cuenta de que existe un campo enorme y variado en diseños, colores, texturas, necesidades y precios. El mundo de la ropa interior femenina es uno de muchas vistas porque es para que nos vean ellos, para que oculte, para que nos vean ellas, para que apriete, para que nos veamos nosotras, para que sostenga, para que aumente, para que enseñe, para que ahuyente, para que engañe, para que disimule, para que te haga cosquillas, para que le haga cosquillas y, entre todo esto, para cubra y sostenga las partes nobles del cuerpo.
La historia de los calzones y los brassieres está llena de anécdotas y referencias culturales, todas ellas ignoradas por la mayoría de las mujeres que a diario escogemos con cuidado el brassiere y el calzón a usar. Es sabido que la elección de estas prendas es todo menos accidental ya que por sus características de forma y textura, hay que combinarlos con la ropa exterior a vestir, la persona quién la vaya a quitar y la comodidad. Porque, además, una no tiene sólo un modelo de bra o panty (así llaman algunos a las pantaletas –para distinguirlas de los calzones para hombre–), sino que los hay con los tirantes cruzados, sin tirantes, de colores, 100% algodón y otros de mezclas sintéticas y estéticas, que se adecuan según la textura de la blusa, el escote de cuello y mangas, así como lo entallado y el corte del pantalón.

Es decir, buscamos que los brassieres y calzones no se vean ni se marquen bajo la ropa (para que realmente sean interiores) y por otro lado perseguimos que se vean muy bien y que nos hagan ver muy bien si sólo traemos eso puesto, que realce las curvas que deben ser mostradas y oculte las otras que acusan los pasteles que estuvieron en la boca y la herencia no tan agraciada de los abuelos. Y esto es una combinación complicadísima, ya sea que se tenga el busto grande y pesado o muy pequeño, que se tengan unos glúteos de anuncio, redondos y firmes, o los normales con algunos hoyuelos de celulitis, que se esté gorda o flaca. Escoger calzones y brassieres es una danza que lleva toda un vida de búsqueda, investigación, experimentación, cotejación, renovación  y vuelta a buscar, porque apenas se ha dado con el modelo que se ajusta a todas las necesidades de estilo, comodidad y funcionalidad, lo descontinúan.

Los romanos, que antiguamente no usaban nada bajo su túnica (ni sobre pies ni sobre genitales) aprendieron el uso de medias y calzas de los germanos -que sin duda las necesitaban para protegerse de un clima riguroso- pero no tomaron el nombre de sus prendas sino que las denominaron con un derivado del calzado: calceus. Con la evolución de la moda en los siglos medievales, se fueron llevando cada vez más largas hasta que llegaron a la cintura como un tipo de malla. Fue en el siglo XVI cuando se dividió la prenda en dos partes: la que cubría el abdomen y parte de los muslos se siguió llamando calza (con su aumentativo calzones o su diminutivo calzoncillos) y la que cubría los pies y las pantorrillas, calcetas o medias calzas (actualmente calcetines y medias).

La historia del brassiere es más controvertida. Las mujeres egipcias usaban una banda angosta y apretada para darle soporte al busto, mientras que las griegas y romanas se envolvían los senos con una tela de lana. En el siglo XVIII, se introdujeron unas prendas exteriores de encaje que daban soporte especial para los paseos a caballo, las cuales evolucionaron a los corsés que, algunos dicen, es el antecedente del brassiere. El primer sostén moderno fue hecho por Herminie Cadolle, una parisina que introdujo una alternativa más cómoda para el corsé. Caresse Crosby, neoyorquina, afirmaba haber inventado el primer brassiere en 1913, al pegar dos pañuelos y añadirle tirantes de listón. La patente la vendió a Warner’s por mil 500 dólares y posteriormente fue valuada en 15 millones de dólares. Hay varias mujeres que claman ser las autoras de tan importante invento, la historia legal de demandas por registro y plagio es larga y entretenida, en la que también participa Philippe de Brassiere quien lo registró en 1929. En esta trayectoria figura nada menos y nada más que Gustave Eifell, ya que además de fundir metales para crear estructuras, solucionó la unión de metal con tela dando origen a lo que hoy se conoce como hebilla, a los broches de las medias con los ligueros, y a los broches del brassiere.

La historia de la corsetería, bonetería y lencería , es amplia. Cada diseño, de acuerdo con sus características, tiene un nombre: top, bra, halter, strapless, bottom, pantaleta, bikini, tanga, corpiño, body, soutiens, bóxer, corsé, faja, fondo, camisola, leotardo, y cada nombre una anécdota, un autor y cientos de testimonios. En el fondo se trata de sostener y cubrir, se dice, pero basta ver a mujeres en un vestidor, de un club por ejemplo, para darnos cuenta de que eso es sólo el principio.

Hay quienes se esconden tras la toalla para quitarse o ponerse los calzones y el brassiere, por razones personalísimas y desconocidas y a las que sólo queda llamarle pudor, para no compartir sus formas, intimidades y calidades con las decenas de mujeres que pasean en paños menores y desnudas por el vestidor. Las hay quienes sólo andan con una toalla en la cabeza mientras se untan de todo, otras que se despojan de la toalla que les medio cubre el cuerpo una vez que han vestido su ropa íntima. Hay quienes realizan todas las faenas del maquillaje y el peinado en ropa interior y es sólo cuando están listas para salir que se ponen la ropa de calle. Hay quienes se pasean para lucir el juego de panty y bra que   costó tres mil pesos y humillar a quienes portan un calzón de 40 pesos.

Es evidente que además de la ropa está la percha, pero una mujer en bra puede verse atractivísima para las mujeres y no para los hombres (quizá por la forma de los senos que envidiamos y porque deja ver la calidad y diseño de la ropa que sólo se consigue en el extranjero). Y una mujer en ropa llena de encaje y escotes (que suponemos atractivas para el sexo opuesto porque dejan ver de todo) puede incomodar a simple vista a otra mujer porque para la mayoría son prendas muy molestas para el día a día y que sólo vale la pena usar cuando se las van a quitar manos seductoras. Claro que para todas, nuestra ropa interior debe no ser fea y por lo menos un poco sexy ya que a la primera persona a conquistar frente al espejo es a nosotras mismas.

A las necesidades y usos de la ropa interior se suma otro elemento que es el de la moda. Hace unos años empezó a ponerse en uso el famoso calzón de hilo dental que cubre apenas las vellos del frente y deja al descubierto la nalga toda, con un hilo que se oculta entre los glúteos y a veces (según el corte y el diseño) se encaja en la entre pierna causando incomodidad las primera horas y después, con un movimiento específico y aprendido, saca sonrisas de placer. Quizá por eso sea el calzón que más se usa ahora.

Quiero decir que hay ropa interior que sólo he visto en catálogos y aparadores pero jamás puesta, como los calzones con relleno en las nalgas y los brassieres para personas con masectomía. He visto ropa interior que me causa envidia puesta en alguna compañera de vestidor pero que jamás he visto en catálogo o tienda. Por mi parte divido en dos la ropa interior, la que es útil por su sostén y tela para adecuarla a distintos tipos de ropa y para la vida cotidiana, y la que uso como antecedente para las sesiones de amor. Ojalá algún día puedan hacer ropa que combine los aspectos prácticos y eróticos. Aunque lo que más me gustaría es que así como hay sastres y costureras para la ropa exterior, también los hubiera para la ropa interior. Por lo pronto he de conformarme con lo que hay: más de 170 tallas de brassieres y 40 de calzones, más de 300 modelos enlistados y de los cuales sólo uno, que a veces llega a México, me va bien.

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