Edmée Pardo
Escritora, lectora, maestra, voluntaria, bien humorada

Tantos zapatos


Los zapatos fascinan. Son necesidad y lujo para hombres, mujeres, diseñadores, comerciantes, de todas las clases sociales. Son tema de conversación y elemento protagónico en muchas de las historias que nos rondan la cabeza. Llevan a los extremos de Imelda Marcos que le encontraron, cuando fue derrocado su marido, 1,060 pares de zapatos; toda proporción guardada pero ilustradora este delirio, Kevin Spacey, el actor estadounidense, dice que ama, entre otras cosas, los zapatos. Tiene 80 pares. ¿Qué tienen los zapatos que ejercen este poder sobre cada vez más personas? Una versión corregida del refrán bíblico lo explica: Por sus zapatos los conoceréis.

Sigmund Freud averiguó la personalidad de sus pacientes a través de sus zapatos. Decía que los zapatos masculinos, cuanto más fuerte y robustos son simbolizan la protección del pene. Los femeninos, especialmente si son puntiagudos y con tacón de aguja, representan un medio para vencer la angustia de la castración. De cualquier manera, doce mil años antes de Freud, los egipcios ya usaban alpargatas hechas de papiro y plantas.  En esa época las sandalias se llevaban sobre los hombros y sólo se calzaban en cuando se requería por condiciones del clima o suelo. En Grecia se usaban unas abarcas de piel de buey ceñido al tobillo con cuerdas entrelazadas que correspondían a la solea romana, que usaban los hombres y mujeres en sus hogares como los calceus y que cubrían todo el pie. En Roma el calzado indicaba la clase social: los cónsules usaban zapatos blancos, los senadores zapatos marrones prendidos por cuatro cintas negras de cuero atadas con dos nudos, y el calzado tradicional de las legiones eran los botines que descubrían los dedos.  En la edad media, tanto hombres como mujeres utilizaban zapatos de cuero abiertos de forma semejante a las zapatillas.  Algunos nobles los portaban cubiertos por seda bordadas con piedras preciosas o perlas.

De ahí a las modas y pasiones que despiertan hoy los zapatos han pasado muchos años e historias. No sólo están los ejemplos de los ricos y famosos, sino de la gente cercana y de todos los días que confiesa que le encantan y enloquecen los zapatos. He decir que, en mi opinión de simple observadora, es una pasión más de mujeres que de hombres, aunque ellos no están exentos. La culpa de esta manía, después de pensarlo un rato y leer otro, concluyo que la tiene el francés Charles Perrault quien en el siglo XVII escribió La Cenicienta, una historia repetida el cansancio que forma parte ya del inconciente colectivo: El príncipe azul reconocerá a su amada, a quien hará feliz para siempre, por el calzado que porta. Los zapatos, es muy claro el mensaje en sus versiones escritas, filmadas y musicalizadas,  traerán el amor bueno y próspero, que hace feliz para toda la vida. Y si un par de zapatos no la ha hecho pues a seguir probando con otros modelos y colores que alguno lo traerá. Así, nos vamos llenando de zapatos de noche, de día, de calle, de montaña, abiertos, cerrados, para hacer deporte o bailar, con tacón mediano, bajo alto, de colores varios y materiales diversos. Digo, que por nuestra parte no quede, con alguno el príncipe o princesa tiene que atinar ¿no?

Cuando paso por las zapaterías, me detengo en la variedad de modelos, precios, en  mis compañeros admiradores de aparador. Hombres y mujeres que coquetean con un modelo, se animan a adquirir otro y que, intuyo, esperan el beneficio indirecto. Pienso en cómo contribuye al mercado del calzado la historia de Perrault habiendo hoy día tan pocos príncipes y princesas.

 

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