Edmée Pardo
Escritora, lectora, maestra, voluntaria, bien humorada

Algo sobre mí


—Si fueras árbol, ¿qué te gustaría ser? —preguntó un amigo. —Jacaranda —dije sin dudar. —Ay, Edmée, tú tan discreta como siempre. Reímos los dos.


Las jacarandas en flor me quitan el aliento: me detengo a mirarlas por lo alto como si a medio cielo se abriera un milagro; bajo los ojos y sigo su huella en la calle, en el pasto. Los charcos lilas son una visión delirante.

¿Me gustaría ser Jacaranda? Evoco la postura del yoga, vrikshasana, el árbol: una pierna se ancla en el suelo, los brazos crecen como ramas, la cabeza hilada al cielo. Es una forma de estar sin hacer. Me atrae la idea de existir entre lo terreno y lo celeste. Me gusta la quietud con la que los árboles se adueñan del mundo y lo hacen suyo, marcan el paisaje, señalan un momento en la historia de otro. Admiro su aspecto contemplativo. Imagino mi cuerpo atravesado por las cuatro estaciones del año: las flores en primavera, el follaje verde en el verano, la caída en el otoño, el tronco gris en invierno. La vida y sus tiempos manifestados en mi presencia. Florecer cada año, renovarme al tope de color cada doce meses, habitar mis ciclos con claridad, nidos en mis manos, colibríes en mi cabello morado. Suena fascinante. Pero todo eso sin conciencia es casi como no serlo. Además, en el fondo, me asusta la idea de la inmovilidad, observar impávida cómo suceden las cosas, me espanta dejarme vivir por los tiempos sin chistar, de no ir tras la sustancia de las cosas yo con este espíritu de cazadora. Ahora que lo pienso bien, no creo.

Más bien me gusta lo que producen en mí las jacarandas. Son mis maestras de la creatividad; presumen su beldad efímera y no se avergüenzan de su desnudez gris; son generosas: dan sombra y lindeza al por mayor cuando deben; saben callar en el silencio del invierno y me enseñan lo necesario de mis épocas de recogimiento. Me recuerdan que la naturaleza está armada con sabiduría y perfección (en la ciudad que vivo eso se olvida pronto). Me llenan los ojos de color. Hermosean el mundo y eso que hacen por el planeta no es poco porque lo embellecen de un modo categórico. Me encanta que me sucedan la maravilla y la plenitud por su razón que es explosiva y constante.

Ignoro si la pregunta típica de qué árbol te gustaría ser proviene de una batería psicológica y la respuesta tenga alguna interpretación digna de diván. Sí, si fuera árbol me inclino por la Jacaranda. Pero lo que quiero decir es que me gustaría ser esta mujer que soy con la sabiduría de la Jacaranda: verdemente, lilamente, grismente, plenamente, entre lo mundano y lo divino, tan discreta como siempre.