Edmée Pardo
Escritora, lectora, maestra, voluntaria, bien humorada

La felicidad de escribir como lectores


En 2017 Los días de Lía, un libro juvenil de mi autoría fue seleccionado para participar en una de las propuestas más lindas y efectivas que conozco para promover la lectura y la escritura entre  jóvenes lectores. A la llamada para extender la invitación al autor de libro para solidarizarse con el proyecto internacional Escribir como lectores le antecedían 10 años de tradición y una enorme cadena de trabajo que no sopesé. Lo único que entendí es que una vez al año visitaría escuelas donde hubieran leído la novela.

Mi primer encuentro fue en una escuela pública en Tepeji de Río donde a las 8 de la mañana me estaría esperando el grupo lector. Hasta ahí, hasta la noche de hotel previa a la visita, esta era otra actividad más de mi oficio. Pero apenas entré al salón de clases donde la Profesora Lupita había coordinado la lectura del libro, empecé a asomarme a la dimensión de esta labor y a mirar recurrentemente las esquinas del techo del aula para no llorar de emoción.

Durante seis meses los alumnos de quinto de primaria leyeron Los días de Lía como lo marca la metodología de Estela D’Angelo. Una propuesta que apuesta a la comprensión lectora como trampolín para desarrollar estrategias creativas y de escritura en los lectores. Se lee de a poquito en poquito un libro que los alumnos no pueden llevar a casa y a partir del cual pueden explorar ciertas habilidades. El nombre del proyecto realmente lo explica todo: al leer “en picoteo” y desde adentro, como coautor, el alumno interviene en el libro. Algo parecido a lo que se hace en la “fanfiction”, pero con orden y guía.

Me explico. Lo primero que se les dice a los niños es el título del libro sin que vean la portada y ellos deben escribir una hipótesis sobre lo que creen que cuente. Luego ven la portada y confirman esa suposición o crean otra. En una tercera sesión se lee un fragmento elegido al azar, ellos avanzan en sus conjeturas, crece la curiosidad por la trama  y los chavos ponen manos a la obra. Por ejemplo: los abuelos de Lía viven en Zacatecas y la abuela comparte con la nieta una receta típica. Los niños pueden entrar a ese fragmento desde la geografía y buscar dónde está aquella región, cuáles son sus características, cómo se llega ahí; o desde la gastronomía y el periodismo: entrevistan a sus abuelos y escriben la receta de un platillo que les guste mucho. Lo primero que vi aquella mañana, además de caras emocionadas con ojos brillantes, fue el decorado del salón.  En una pared había un mural de donde colgaban recetas: desde crepas de nutela hasta mole de olla. El papá de Lía es daltónico y encontré trabajos de investigación sobre el sistema ocular, la vista y el daltonismo. Y así, en cada página que descubren una pequeña entrada en el libro encuentran la oportunidad de crear maquetas, dibujos, diarios, cartas, investigaciones, obras de teatro, finales alternativos, biografías de personajes secundarios, canciones, horóscopos, ranas en todas sus modalidades y un sin fin de materiales que presentan en una hora de clase. El final de esta actividad es una entrevista a la autora con preguntas que van desde ¿en qué se inspiró? a ¿por qué hace que su personaje sufra tanto? Esa última pregunta, que me hizo un alumno en Tepeji del Río, realmente me sorprendió porque yo no sabía que mi personaje sufriera tanto, solo que le sucede todo en un verano de su vida, como nos pasa a la mayoría cuando los eventos significativos se juntan.

Los padres de familia que han visto el proceso ayudan a arreglar el salón, acompañan a los hijos a la visita, cooperan con un regalo para el autor: una canasta de fruta, flores, un retrato.

Los maestros y los niños nos reciben (a la comitiva que vamos) con tanto gusto que conmueve. Para algunos no sólo es el primer libro que han leído y  que poseerán en su vida, sino que además charlarán con el autor. Para mí el enorme regalo es conocer a los lectores y su creatividad, darme cuenta de que Lía ya no es un personaje de papel, sino que ha cobrado vida en las mentes de estos chicos y que los ha inspirado a convertirse también en escritores. Atestiguar  este proceso me hace sentir plena, con propósito y sobre todo muy agradecida con el proyecto, los maestros, los alumnos, con la vida. De verdad que son de mis días más felices como escritora.

Ay, cuánto asombro y maravilla. Claro que para que esto suceda existe un equipo enorme de personas con muchas horas de trabajo y presupuesto. Lo explico: el programa Escribir como lectores fue creado  por la Asociación Española de Lectura. La Fundación SM, en coalición con AELE, lleva el método a cada país, propone libros de autores locales y genera las alianzas necesarias para que aterrice en profesores que están dispuestos a capacitarse, trabajar más  de lo que marca el programa institucional, y dejarse embarcar en una aventura que transformará cualitativamente la vida de  los involucrados. El equipo del Instituto Bassols es el encargado de invitar y capacitar maestros, generar las guías para cada libro, dar seguimiento mensual, coordinar las visitas y hacer que se esté llevando a cabo este proyecto en escuelas públicas en varias modalidades: matutinas, vespertinas, multigrado, telesecundarias, bilingües de lengua indígena y español, rurales, para niños con capacidades diferentes.

Hoy, que he visitado escuelas en Querétaro, Guanajuato, Veracruz, Oaxaca y Guerrero, puedo hacer un breve recuento de la experiencia. Se ha formado una comunidad amorosa de autores, profesores e intermediarios que coincidimos en un poderoso interés común: hacer de la lectura una experiencia significativa. Todos queremos que el proyecto crezca, lo comentamos en las mesas gozosas que compartimos, pensamos maneras logísticas para que suceda. Mis participaciones han cambiado: si la primera vez me paré en el salón de clase a recibir y dejarme conmover por  lo que miraba en estos niños, ahora salgo de mi misma y mis emociones para concentrarme en ellos, trato con  admiración a los grandes autores que son y  hago preguntas sobre su proceso creativo. Cada vez soy más cuidadosa en las dedicatorias, finalmente ese día podrán llevar su libro a casa, porque busco plasmar mi reconocimiento a su trabajo, hacerles saber que son visibles e importantes, dejarles palabras de aliento que los acompañen en su vida. Cada gesto, cada palabra mía, marca en ellos una vivencia importante; me sé responsable del efecto que quiero crear: uno que los engrandezca con la confianza que pongo en esas líneas.

Aquí van  solo algunas anécdotas y su contexto. Lía y su hermano Mateo se escriben por celular en un código secreto para que nadie pueda descifrar sus mensajes. Lo que ha llevado a que: alumnos creen su propio código y yo tenga que descifrarlo, escriban textos en código Mateo que debo  leer  con fluidez cuando ya ni siquiera me acuerdo de él, investiguen el Cifrado César o las claves Morse y por supuesto me pregunten porqué inventé el código. Respondo que cuando era niña, entre mi madre y mi tía hablaban en cuty o efe para que nosotros no entendiéramos sus conversaciones; luego les hablo en ambas modalides. Mi mayor sorpresa fue cuando en una escuela indígena una niña que hablaba zapoteca y español se dirigió a mí  en perfecto cuty y efe. En la comunidad donde vive solo hay dos teléfonos celulares y una señora lo renta por hora; la chica me escribió por Facebook y se identificó diciendo: soy tu amiga que habla efe.

La novela empieza en la noche que Lía descubre que tiene una mancha roja en su pantalón de pijama y no se cortó. En los trabajos de investigación las niñas hacen pruebas de absorción con distintas toallas sanitarias, se preguntan sobre copas menstruales. Una señora de una comunidad en Querétaro aprovecha este fragmento y convoca a talleres de costura para hacer toallas sanitarias con tela  y de paso hablar del tema con la mayor soltura. En este asunto de la menstruación un alumno, de otra escuela, dijo que para él no tenía ningún sentido hablar de cosas que no suceden en su cuerpo. La maestra explicó que los hombres también tienen cambios y pasaron dos clases conversando sobre sueños húmedos y la sorpresa de la cantidad  de espermatozoides que van en una eyaculación.

            Lía y Mateo tienen varios frascos de renacuajos donde observan cómo se convierten en ranas. Los alumnos de Guerrero hicieron ranas de papel, plastilina, tela. En otras salones llevaron renacuajos al salón. Lo interesante es que en las zonas urbanas el tema de las ranas despierta mucho interés, en las zonas más alejadas, de economía de autoconsumo, lo que realmente preocupa es cómo podrían llegar a Zacatecas y  cómo es un panqué (con el que Lía celebra su cumpleaños en lugar de pastel).

            En Veracruz me entregaron un recetario de comidas locales. La que más llamó mi atención fue la ensalada de erizo. Ante mi sorpresa explicaron que ahí a los chayotes les dicen erizos. En Oaxaca comí memelas de ojo, una masa de maíz cocido con algunos granos de frijol salteados, como pequeñas pupilas. Me contaron que si comes esa tortilla puedes ver qué hay dentro de tu cuerpo.  En otra escuela en Veracruz hicieron un rap en un perfecto ejercicio de síntesis que narra la novela en dos minutos y a muy buen ritmo.

Las cartas simulando que son alguno de los personajes me conmueven, sus propuestas de finales y cambios de títulos me dejan boquiabierta. Lo cuidadoso de la letra, el trazo de márgenes, el uso de su ropa de gala, confirman el enorme trabajo de maestros y alumnos que se han convertido en escritores y creadores a partir del libro. Una pregunta repetida es cuál de los libros que he escrito es mi favorito. Generalmente tengo más cariño por el libro más reciente que luego queda lejos. Pero Los días de Lía me ha expandido el corazón de un modo insospechado. Lía me ha llevado de viaje, me ha presentado nuevos amigos y ha hecho por mí lo que ningún reconocimiento: me da la certeza de que lectura forma a las personas que un día cambiarán al mundo y que mi trabajo es parte de ese movimiento.