Edmée Pardo
Escritora, lectora, maestra, voluntaria, bien humorada

Los libros son mi osamenta


Mucho antes de ser lectora aprendí a leer. Un largo anhelo de mi primera infancia hasta que finalmente pude pronunciar palabras. ¿Qué dice ahí?, narran mis padres que era mi pregunta favorita. Lo que yo quería era poner sonido a la grafía, cantar la música de las palabras. Lo primero que leí en voz alta fue: No estacionarse. Lo averigüé mientras mamá resolvía asuntos de la tintorería y me dejó en el carro. Lo pronuncié despacio. Noooooo es-taaa-ciooo–naaaar–seee. En ese primer momento me conformaba con enunciar las palabras que iba encontrando a mi paso: escuelasalidaentradacocheracine. Con el tiempo, la pregunta cambió de ¿qué dice ahí? a ¿qué quiere decir? Los anuncios espectaculares eran la fuente de todos los misterios. Recuerdo muy bien un letrero luminoso que sobresalía sobre la lateral del Periférico: Baco.

—¿Mamá, qué es Baco?

—Una fábrica.

La siguiente vez que pasamos por ahí, volví a preguntar porque había algo entre el nombre y las escuadras luminosas que no tenía sentido para mí. A la cuarta o quinta o décima ocasión, mamá me dijo:

—No me vuelvas a preguntar qué es Baco, que ya te expliqué.

Y es que hacía treinta preguntas por día: ¿qué es bienes raíces?, ¿qué es iluminación?, ¿qué quiere decir…? Me gustaban las palabras, su sonido y su significado.

Ya en la primaria, con los libros abiertos, la actividad que más me gustaba en clase de Español era lectura en voz alta dividida en dos segmentos: velocidad de lectura y lectura coral. Al escucharme leer durante un minuto cronometrado por la profesora, me sentía un músico que produce el sonido de una partitura. No me importaba qué quería decir, sino cómo sonaba. Por otro lado, el corazón me palpitaba cuando treinta voces nos afinábamos para enunciar un poema. Conocí ahí la dicha de la voz y de la palabra. Otro día, en la misma clase –probablemente segundo de primaria– se hizo un concurso de sinónimos. Yo no sabía que había más de dos palabras para designar la misma cosa. La maestra dijo perro y una compañera contestó can. ¿Can? En el recreo pregunté cómo sabía eso: comentó que lo había leído en su libro nuevo. Creo que esa fue la primera vez que supe que los libros servían para algo. Pero a mí lo que me gustaba eran las palabras, eso explica que uno de mis juegos favoritos fuera, y siga siendo, ¡Basta! Encontrar distintos tipos de palabras que empiezan con una misma letra en el menor tiempo posible.

Vengo de una familia de hacedores. En mi casa las cosas se hacen. Mi abuela paterna fue una clavadista destacada que participó en las olimpiadas de Londres, después de la segunda guerra, y su mejor legado fue el amor al deporte: una herencia que valoré como tal el día que murió y pude ir a la alberca a nadar sin presiones ni expectativas. En sus años viejos la vi cuidar su jardín por las mañanas y tejer por las tardes. Mi papá es un hombre de negocios que forja el mundo con proyectos. Los libros que vi en sus manos son los que traía de los aeropuertos donde esperaba, entre un lugar y otro, para cimentar las bases de la vida cómoda que nos brindó. Cuando no estaba trabajando, estaba tomando fotos, sembrando un huerto, enseñándonos a montar a caballo o a bucear. Mi mamá es melómana, hija de una directora de orquesta de música popular. Ponía un disco de acetato y lo repetía y lo gozaba y lo volvía a escuchar y lo volvía a escuchar. A veces ponía atención en las percusiones; otras, en las cuerdas; otras, en la voz; la vi moverse animada por un ritmo que solo he notado en su cuerpo. Mi abuelo paterno y mi tía contaban historias que yo deseaba atender una y otra vez. Así que, la verdad sea dicha, no se me antojaba leer porque era un placer desconocido. El mundo estaba afuera: en la bicicleta, en pasear al perro, en juntar periódico casa por casa para un concurso en la escuela, en poner un puesto de limonada.

Mis padres invirtieron una parte de sus ahorros en comprar enciclopedias y diccionarios. Esos libros, más que portadores de historias y reflexiones, eran la condensación desarticulada del conocimiento práctico que nos ayudaba a resolver una tarea. Mi abuela deportista tuvo a bien tener libros en su casa para las nietas. Papaíto piernas largas es el único que recuerdo; supuse que el título hacía alusión a su papá (una forma de decir papacito) y me impresionó descubrir que la protagonista fuera una huérfana que consigue apoyo para estudiar en la universidad. Pero en casa de mi abuela el placer no radicaba en la lectura sino en recoger ocoxal para la fogata, buscar zarzamoras, caminar sobre el árbol de tronco inclinado…

En la primaria, una amiga me prestó el libro Celia en el Colegio y esto es lo que recuerdo como mi primera lectura. La protagonista era una niña a la que gustaba hacer travesuras. No estaba viviendo una circunstancia ni sobreviviendo en otras épocas históricas, como sucede en Sisi emperatriz o Mujercitas, personajes con los que no sentía la menor empatía.

En la secundaría encontré lecturas que me fascinaron. Con ellas descubrí que leer no era solo comprender lo que dice el texto, sino resignificar. Hablo de los cuentos de Horacio Quiroga y del «Primero sueño» de Sor Juana. Esa gran revelación la debo a profesores afectos a la lectura que amaban su trabajo. Descubrí que en los libros había emociones debajo de las historias, que había inteligencia y revelaciones por entender; detecté que existe una puerta a otros universos, en especial a uno propio que me era desconocido; pero todavía no era lectora.

Fue en la preparatoria que empecé a leer por gusto. La atinada selección de libros que nos ofrecieron los maestros de redacción y de literatura me hizo despertar ante el mundo. Alguna vez no llegué a clase de Química porque quería terminar el cuento que estaba leyendo: «El Aleph». Pero fue un poema lo que me marcó para siempre: «Escuela» de León Felipe. Sentí el poder y la fuerza de esa voz, me conmocionó, le dio uno y veinte giros a mi razón, a mi sentido del oído, a mi lugar en el mundo. Y ese poema estaba en un libro. Los libros, entendí, podían secuestrarme, tenerme quieta y concentrada, en silencio, pero sobre todo podían transformarme. Por primera vez entendí que había un potencial enorme dentro de mí que se construía con los libros. Ya no me interesaba leer en voz alta ni pronunciar las palabras, sino rastrear eso que me pasaba cuando tenía un buen libro entre las manos.

Mi relación con los que entonces solamente eran seres de papel, se consolidó en los años universitarios. Estudié Sociología en la UNAM y recuerdo haberme impresionado mucho con los comentarios politizados de mis compañeros sobre ciertas preguntas académicas. Yo venía de escuelas particulares donde, más que interesarse en lo que yo pensaba de cierto tema o lectura, los profesores me instaban a aprender de ello. Era una receptora que no cuestionaba y solo repetía lo dizque aprendido. ¿De dónde sacaban mis compañeros tales comentarios acerca de las entrelíneas en las lecturas de Psicología o de Historia? ¿De dónde concluían la postura política del autor o el uso manipulado de ciertas teorías? Me di cuenta de que, para ellos, leer implicaba entender y cuestionar. Quise imitar su postura para aprender a ver desde los ojos de quien aplica un criterio (eso es hacer crítica), y no simple y llanamente como buena alumna. Deseé leer con esa mirada, libros teóricos y narrativos, buscar el discurso que vive entre los renglones del texto y el discurso que en mi interior se iba tejiendo.

Si la habitación propia fuera una metáfora, en ese entonces empecé a construir la mía: un lugar interior donde reinaban las ideas que iba fundando, donde ya no necesitaba preguntar qué se me vería bien y qué no, donde no era necesario ensayar a ser yo; un lugar donde encontraba la fortaleza de ser, poco a poco, esta que soy ahora, en parte gracias a los libros.

En los años que duró mi preparación profesional, llegué a leer hasta tres o cuatro libros por semana de modo sistemático, de temas que entonces me parecían fascinantes. Pero en las vacaciones destinaba mi tiempo a leer literatura: narrativa, poesía y teatro. Ya leía de otra manera: no solo siguiendo la historia, también lo hacía en silencio para escuchar la música del lenguaje en mi cabeza. Antes de finalizar la carrera, tuve los arrestos necesarios para dedicarme a la escritura.

En el primer encuentro de jóvenes escritores al que fui invitada, participé dos veces: con una ponencia y con la lectura de un texto de ficción. Cuando empecé a escuchar los ensayos de mis compañeros, comencé a sentirme chiquita. La mayoría eran estudiantes de la carrera de Letras y, comparados conmigo, sabían muchísimo de libros, autores, corrientes, tendencias. Me pareció que ellos eran verdaderos lectores y yo una simple aficionada. Esa vergüenza enorme de mí misma se curó un poco cuando leímos los textos creativos: sabían mucho, pero me pareció que su escritura era forzada, presuntuosa.

Salí de ahí reconociendo que tenía que leer más y mejor, pero diciéndome que no deseaba cursar una segunda carrera. Me inscribí a algunos talleres que impartía el INBA y después me apunté al diplomado en la Escuela de Escritores de la SOGEM. Leí guiada por René Avilés Fabila, Héctor Anaya, Hugo Argüelles, Eduardo Casar, Vicente Leñero, José Antonio Alcaraz, Aline Petterson, Ernesto de la Peña, Enriqueta Ochoa, José Rendón, Nikito Nipongo, Jesús González Dávila, Luis Carreón, Noe Jitrik, Gerardo de la Torre, entre otros. Leí y con ellos, finalmente, aprendí a leer. Dejé de ser una devoradora de libros para convertirme en una lectora que dialoga con el autor y sus personajes, que se pregunta sobre sí misma y sobre otros cuando lee. Aprendí a entender el contexto de la obra, a captar ecos de otras épocas; entendí que la literatura es una tradición viva a lo largo de la historia, fragmentada por distintas voces e idiomas; sentí un placer enorme al estar leyendo realmente por primera vez a mis treinta años. Aprendí a leer porque hubo quien me guiara y me mostrara un nuevo horizonte.

Desde entonces la lectura, ese tipo de lectura, ha sido una actividad total como escritora y como modo de trabajo. El año pasado destiné cuatro noches de la semana a coordinar círculos de lectura, cada uno con una distinta modalidad y temática: abiertos al público y privados; con reuniones semanales, quincenales y mensuales; novela histórica, biografía, narradores ingleses contemporáneos, autoras mexicanas nacidas antes de 1960 y cuentos sobre adolescencia. La selección de temas puede ser propuesta mía o a partir de la demanda del grupo. La oferta de los títulos sale de una investigación documental y testimonial: busco en mi memoria, en la red, en librerías y pregunto a mis colegas escritores; hago una preselección de acuerdo con la posibilidad de conseguir el texto, ya sea impreso o digital, así como con el número de páginas, para que puedan ser leídos entre reunión y reunión. Elijo libros y autores que no estén en la mesa de novedades, a los que difícilmente las personas que asisten a los círculos llegarían solas. Cada quien lee por su cuenta y en las reuniones nos dedicamos a explorar los textos y a averiguarnos a través de ellos. Puesto que, a veces, un libro cabe en una o más categorías, lo leemos en distintos grupos, lo cual me permite disponer del tiempo de manera eficiente y me facilita enormemente el análisis para el trabajo. Pero realmente me convierto en mejor lectora justo en el momento en que el taller empieza.

El taller de lectura genera nuevos entendimientos y apreciaciones. Al comentar juntos creamos una riqueza que antes no existía. La lectura que hoy se considera un acto individual fue, durante muchos siglos, un acto colectivo; había muy pocas personas que sabían leer y muchas que sabían (y querían) escuchar. La invención de la imprenta –que trajo consigo la masificación del libro impreso– y, siglos después, la distribución digital contribuyeron en gran medida a convertir la lectura, cada vez más, en un acto solitario.

La multiplicación de círculos de lectura es, de alguna forma, un regreso a esas primeras reuniones en torno al papiro, al pergamino o al juglar, cuando las comunidades se juntaban para contar y escuchar historias. Leemos para comprender y también para no estar solos. El grupo lector nos convierte, a la mayoría, en lectores en toda la acepción de la palabra y no solo en alfabetas semiilustrados. Por eso, mis talleres de lectura son grupos de sabiduría colectiva donde, a partir de preguntas, podemos llegar a establecer un diálogo con los libros, con nosotros mismos y con otros.

Lo que pido a los lectores es que lean y asistan a las reuniones y, en caso de que no lean, también asistan. Un lector tiene derecho a no leer, ya lo dijo Pennac, pero necesita haber una razón que los demás queremos escuchar. Las tecnologías actuales nos permiten, a la mayoría de los miembros del grupo, leer en paralelo. Al mismo tiempo que avanzamos en el libro, investigamos en internet datos, entrevistas, hallamos videos con respecto al autor o al tema. Leer nos permite tejer redes, hacer conexiones de sentido, asomarnos a mundos totalmente desconocidos.

En estos grupos de lectura, además de leer, practicamos otras actividades como el arte de escuchar –que no es cosa menor–, la tolerancia –que implica dialogar con otro con quien no compartimos puntos de vista– y creamos lazos amistosos sólidos que duran muchos años.

Los libros que he leído y los regalos que traen consigo son la osamenta de mi vida: me dan estructura y longitud, pero sin los amigos lectores, sin las reflexiones, sin la voz ni las alianzas que generan, serían solo un esqueleto que a ningún antropólogo podría interesar