112. Leer la sangre

 
 

Leer la sangre

Me hago estudios de rutina una vez al año. Mastografía, ultrasonido mamario, papanicolau, colposcopía; ultrasonido vaginal, de riñones, hígado, tiroides; perfil tiroideo, perfil hormonal, cortisol a las 8 am, glucosa en ayunas, CA 125.  Todavía no acabo de escribir la lista y ya estoy agotada: andar el último tercio de la vida requiere, entre otras cosas, de mucho mantenimiento.  Dos médicos revisan esto, la ginecóloga y el funcional. Previo a su diagnóstico siempre abro el informe y los leo, más bien busco los asteriscos que indican fuera de rango y con eso me doy una idea del colesterol y el azúcar a los que les gusta descarriarse. Pero el mes pasado, cuando abrí mis estudios vi una colección de asteriscos regados por 10 páginas de resultados.  Qué raro, pensé, e hice lo que cualquier persona curiosa de esta época: se los di a Chatgtp. “Si tienes la presión baja, mareo, desequilibrio, náusea, ve a urgencias del hospital, AHORA; si no te sientes mal, es urgente una cita con un especialista en endocrinología.”  

No me había sentido mal para nada, aunque no estaba como siempre, como casi siempre.  A ratos tenía taquicardia y la presión baja. Y como más vale prevenir que lamentar, busqué de inmediato recomendaciones y me di cuenta de que los especialistas en endocrinología son los rock stars del momento: ninguno tenía cita para pacientes de primera vez en este año. Le escribí a la doctora de una amiga y por mensaje expliqué que tenía una urgencia, a pesar de su agenda saturada, después de ver mis estudios, me dio cita para el día siguiente en línea. 

Desde cuándo se lee la sangre, me pregunté tratando de distraer el miedo sobre un posible tumor en la hipófisis o fallo suprarrenal. Tener un punto de cortisol te hace no apto para la vida.  Aprender a leer la sangre ha sido un proceso de aproximaciones sucesivas desarrollado durante siglos.  En 1674, Anton van Leeuwenhoek, comerciante y microscopista neerlandés, describió los glóbulos rojos tras el microscopio; Carl Schmidt, médico y químico de origen alemán, publicó en 1850, estudios sobre la composición sanguínea y sus alteraciones durante enfermedades como el cólera; el médico y fisiólogo alemán Karl von Vierordt, en 1852, presentó métodos para contar las células y estudiar los errores de medición. Estos datos son cortesía de Historia del análisis sanguíneo, según el Centro Europeo de Masters y Posgrados. En 1901, Karl Landsteiner, médico e investigador austriaco publicó hallazgos que fundamentaron el sistema de grupos sanguíneos ABO y permitieron comprender la compatibilidad entre donantes y receptores. Wallace H. Coulter, inventor e ingeniero estadounidense, en1953, patentó un sistema eléctrico para automatizar el conteo celular. En 1959, Rosalyn Yalow, (yupi, por fin una mujer) física nacida en Nueva York y Solomon Berson, médico nacido en esa misma ciudad, publicaron un método para medir cantidades diminutas de insulina en el plasma. Todo lo anterior sirvió para reconocer señales de los órganos porque la sangre transporta sustancias que estos producen, transforman 

o eliminan. Por ejemplo, la creatinina ayuda a estimar la filtración de los riñones; el potasio, indispensable para la actividad de nervios, músculos y corazón, se lee considerando la función renal, los medicamentos y las pérdidas por vómitos o diarrea; el hierro requiere varias lecturas: cuánto circula, cuánto se transporta y cuánto se almacena, mediante pruebas como la saturación de transferrina y la ferritina. Los leucocitos, células de la defensa, se cuentan y se distinguen por tipos: su aumento puede acompañar infecciones, inflamación o estrés. Leer la sangre exige, entonces, relacionar las cifras con los síntomas, la historia de la persona, su edad, lo que ha tomado y dejado de tomar, los referentes estadísticos y sus resultados anteriores: cada dato adquiere sentido dentro de una narración personalísima. 

El chiste es que yo tenía cortisol de 1, la T4 al piso, la T3 al cielo y la testosterona triplicada. Estos estudios no coinciden con lo que veo, me dijo la doctora. Tendrías que estar en el hospital, no podrías hablar ni manejar ni pararte de la cama. Seguramente hay un error. Me mandó a hacer otros estudios en su laboratorio de confianza y cinco días después, los números coincidían con los primeros.  Ahí fue cuando nos asustamos todos: seguirían más estudios, una resonancia y tenía que darle su número a mi familiar más cercano por si colapsaba. 

¿Qué me estaba pasando? Repasé, repasamos, lo que tomo, lo último que había hecho. Seguramente es una cosa multifactorial, pero si hubiera que encontrar algún villano fue la mala medicación tiroidea la que generó tal desmadre.  Con mente de escritora me dio tiempo de pensar en mi muerte, en una operación en el cerebro, en el colapso definitivo. En 11 días ajusté mi testamento (finalmente era septiembre y me salía más barato), escribí 49 cartas, y tuve larguísimas y profundísimas pláticas con Pablo. Los nuevos resultados confirmaron que no había nada en el hipófisis y que el cuerpo estaba buscando su balance.  El cortisol estaba en 4 (lo mínimo indispensable para vivir), pero sin fuerza para reaccionar frente a una gripe o un malestar estomacal.  

Todavía tengo taquicardia estando en reposo. Estoy esperando a que pasen 30 días para volver a las tomas de sangre y ver lo que procede. Por lo pronto ya no hay riesgo de colapsar a media calle y escribir este texto me parece un prodigio que hace unos días temía que no volviera a suceder. Qué necesario es reconocer a todos los que han trabajado para desarrollar y comprender el alfabeto sanguíneo, pues sin esa lectura la edad promedio de la humanidad (y la mía) estaría muy disminuida.

Edmée Pardo para Opinión51

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