106. Leer la ceja
Leer la ceja
Hay personas a las que un libro les cambia la vida; a otras, una ceja, comentamos una amiga y yo, evidentemente criticando las cejas de alguien que se puso un bigote arqueado sobre los ojos con una seguridad inentendible sobre sí misma. Escribe sobre eso, me incita. Acepto el reto: veo fotos, averiguo, miro las mías con espejo de aumento: dos pequeñas franjas de pelo que modifican un rostro entero. Basta adelgazar unos milímetros el arco o prolongar la cola para que alguien parezca más joven, más severo, más sorprendida o cansada.
Las cejas tienen una función biológica: ayudan a desviar el sudor, la lluvia y los rayos solares para proteger los ojos. En el lenguaje corporal funcionan como signos de puntuación. Basta levantar una ceja o juntarlas para expresar ironía, duda, sorpresa o complicidad. Antes de hablar ya hemos dicho algo con ellas.
Primero eran delgadas como una línea, recuerdo a mi tía Bettine dibujarlas con un lápiz que humedecía con la lengua, ritual que admiraba con ojos de niña. Mucho después, las cejas se arquearon hasta parecer un signo de interrogación permanente. Luego llegaron las cejas tatuadas, las micropigmentadas, las laminadas, las peinadas hacia arriba con la precisión de un jardín japonés. Hoy se usan gruesas y negras, a veces demasiado. Lo ideal son las naturales, dicen los expertos, pero cuidadosamente diseñadas para parecer que nadie intervino.
La fisiognomía, esa antigua disciplina empeñada en encontrar carácter en el rostro, dedicó siglos a clasificarlas. Cejas pobladas: energía. Cejas rectas: racionalidad. Arcos pronunciados: intuición. Cejas separadas: independencia. Unidas: intensidad. Por otra parte, sabemos que el grosor, la densidad, el color, la velocidad con la que crecen y hasta la tendencia a encanecer están determinados en buena medida por los genes. Con la edad cambian de manera curiosa. En muchas mujeres disminuyen por las transformaciones hormonales de la menopausia. En muchos hombres, en cambio, parecen emanciparse y crecer con un protagonismo excesivo.
En esta época podemos modificar casi cualquier rasgo del rostro. La dermatología, la cirugía y los filtros digitales prometen corregir aquello que nos hace distintos. Así, cuando miro unas cejas me pregunto qué conversación hubo para dejarlas así. Hay cejas heredadas de una abuela, cejas reconstruidas después de un tratamiento contra el cáncer, otras producto del mal consejo de una no tan amiga, cejas que sobrevivieron intactas a todas las modas, cejas despobladas con la edad y cejas dibujadas cada mañana porque un cuerpo ya no puede producirlas.
Vuelvo a la ceja que encendió esta columna, la del bigote arqueado que tanto nos hizo reír. Son una declaración: alguien decidió no pasar inadvertida. Pienso en mi propio reflejo, en las cejas que heredé sin pedirlas y en las que, con los años, empiezo a redibujar con más cuidado que antes. Quizá en las cejas haya una biografía en miniatura: lo que la familia dio, lo que el tiempo fue quitando, y lo que, con paciencia o con lápiz, decidimos devolverle al rostro para seguir reconociéndonos en él.
Edmée Pardo para Opinión51