105. Leer con libertad
Leer con libertad
Aprendemos a leer para que nadie tenga que decirnos qué dice un texto. Cuando un niño descifra por primera vez una palabra y después una frase, conquista una parte de su independencia. Ya no depende de que otro le cuente el mundo. Puede ir directamente a él. Dejé de preguntarle a mi mamá qué había en las latas de la alacena cuando pude descifrar su letra sobre una cinta adhesiva. Ya sabía dónde se guardaba la sal, el azúcar, el arroz y las lentejas. La etiqueta no cambiaba el contenido ni la calidad; simplemente me permitía saber qué había dentro antes de quitar la tapa.
En estos días se discuten en México los nuevos lineamientos para la protección de los derechos de las audiencias, emitidos por la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT), organismo que en 2025 sustituyó al Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT). Un tema que se viene arrastrando desde 2016, cuando el entonces IFT emitió los primeros lineamientos (congelados después por años de controversias constitucionales), y en el que ahora, al amparo de la reforma de 2025, hay una nueva propuesta que retoma unos derechos consagrados desde la reforma constitucional de 2013. Pero, ¿qué significa proteger a las audiencias? La idea es sencilla: nombrar las cosas como son. Si un contenido es publicidad, debe decir que es publicidad. Si un programa está patrocinado, la audiencia tiene derecho a saberlo. Si existe un mecanismo para presentar una queja, debe ser accesible. Si hay un código de ética, debe ser público. Son reglas parecidas a las que encontramos en los alimentos cuando indican sus ingredientes y vemos sellos negros en los empaques, o en los medicamentos cuando explican sus contraindicaciones. No sustituyen nuestro juicio; lo hacen posible. Y aunque esta ley en estricto sentido solo afecta al radio y a la televisión, vale la pena pensarla en el contexto de la libertad de expresión general, de quién dictamina lo que es engañoso, bajo qué criterio y cómo están formadas esas audiencias.
Aclarar que un hecho y una opinión son géneros distintos me parece necesario. Que ayer llovió treinta milímetros es un dato que puede verificarse. Que la lluvia fue una bendición o una desgracia pertenece al terreno de la interpretación. Los lectores necesitamos ambas cosas: información confiable y opiniones diversas. El problema, para mí, radica sobre todo en la calidad de esa información confiable porque, como se ha visto hasta el cansancio, cada quien maneja sus datos.
Nadie pensaría que escribir "sal" o "azúcar" en una etiqueta modifica lo que hay dentro. La etiqueta no endulza el azúcar ni vuelve salado el café. Solo informa. Del mismo modo, identificar un contenido como noticia, publicidad, comentario o análisis no cambia su naturaleza. Pero como sabemos que el poder usa artilugios para mantenerse en él, la pregunta es si aquí hay mano negra.
Sin embargo, tampoco deberíamos creer que una etiqueta resuelve o disminuye el problema. La mejor protección de las audiencias no está en un reglamento, sino en la formación de las audiencias: lectores, escuchas, televidentes capaces de reconocer por sí mismos cuándo alguien presenta un dato, cuándo construye un argumento, cuándo intenta persuadirlos y cuándo pretende manipularlos. Ninguna ley puede sustituir esa alfabetización, un proceso largo e intencional que requiere una comprensión lectora (que el sistema educativo no ofrece) más el deseo de informarse y entender.
Cualquier entidad que entre en la ecuación de los derechos tiene por fuerza que mirar la otra parte, que son las obligaciones. Las audiencias tenemos el derecho a ser protegidas, pero también la obligación de comprender antes de creer. Y para eso se necesita, necesitamos, formarnos como lectores, escuchas y veedores de la realidad, lo que exige sospechar incluso de aquello con lo que estamos completamente de acuerdo: preguntarse quién habla, desde dónde habla, qué intereses tiene, qué datos ofrece, cuáles omite.
La alfabetización del siglo XXI ya no consiste solamente en entender palabras; consiste en entender la intención. La inteligencia artificial produce textos impecables en segundos. Las imágenes se fabrican, los videos se simulan. La velocidad compite con la veracidad. Y la audiencia necesita convertirse en investigadora para poder medio descifrar el tema en cuestión.
Quizá por eso la mejor defensa de las audiencias nunca será un reglamento, aunque los reglamentos sean necesarios. La mejor defensa será convertirnos en audiencias capaces de reconocer cuándo un dato está sustentado y cuándo una emoción intenta disfrazarse de argumento: una audiencia que cambia de opinión cuando la evidencia lo exige y que conserva sus convicciones cuando las ha pensado.
Leer, escuchar y ver con libertad es haber aprendido que la responsabilidad de pensar nunca puede delegarse.
Edmée Pardo para Opinión51