104. Leer los tatuajes

 
 

Leer los tatuajes

Fui a visitar el mar para dejar caer los ojos en los azules y adormecerme con el oleaje. No pude. El paso de la gente me tenía curiosa, observante. ¿Qué me dicen esos cuerpos, qué cuentan los dibujos de su piel, desde cuándo el tatuaje es escritura? Antes de empezar mi investigación, recordé la película El libro de cabecera (1996), de Peter Greenaway. Cuenta la historia de Nagiko, una mujer obsesionada con la caligrafía, que mezcla erotismo y literatura en amantes que escriben sobre su cuerpo. Me acuerdo de unas imágenes bellísimas de caligrafía japonesa sobre la piel blanca de una mujer bellísima también, y de que cuando la vi, hace 30 años, escribir sobre la piel era algo extraordinario. Hoy, según los entendidos, el 38% de la población mundial lleva tatuajes voluntarios. En Italia, el país con más personas marcadas, el 48% de la población ha escrito con tinta sobre el cuerpo; en México y América Latina, parece que es el 32%; en la playa donde estaba, me parecía que era el 90% de los menores de 40 años. Yo, a mis 61 años, no tengo tatuajes: no puedo pensar en algo de mi vida que no haya cambiado o que vaya a cambiar y que, sin embargo, quede indeleble en mi piel.

La historia del tatuaje es interesante porque pasó de ser un estigma a ser una declaración de libertad. Primero fue una forma de demostrar el poder: el hierro marcado en el ganado, el tatuaje impuesto al prisionero, la letra escarlata de la vergüenza. Y luego, después de cientos de años, se convirtió en una expresión autobiográfica de libertad.

En Egipto, las mujeres se tatuaban para invocar fertilidad y protección divina; en Grecia y Roma, el tatuaje fue instrumento de humillación para esclavos, criminales y desertores. En Japón, en el siglo XVII, el gobierno usó el tatuaje con fines punitivos, pero luego los propios marginados adoptaron el irezumi como emblema de orgullo. En Polinesia, el tatau (palabra de donde se origina el sustantivo tatuaje) narraba el linaje y los ritos de paso de quien lo portaba; los marineros de Cook, que regresaron de esas islas con la piel pintada, llevaron esa fascinación a Occidente. En 1891, la máquina de tatuar democratizó el acceso al diseño sobre la piel. Para el siglo XX, el tatuaje se convirtió en lenguaje de las contraculturas y, después, lentamente, a lo largo de las últimas décadas, dejó de ser señal de tribu o estigma de clase para volverse autobiografía visible.

Lo que veo no es lo que cuenta, sino apenas el ápice de una historia. Me acerco y pregunto. Una fecha es la de la muerte de un ser querido; las coordenadas son lo que queda del encuentro de un amor furtivo; las letras en otro alfabeto son el verso que lo sostuvo en el peor momento. Me encanta el del joven con un corazón florido en el centro de su pecho. Cada tatuaje es una pieza de conversación. La rana en la pantorrilla de una mujer no habla de su gusto por los batracios, sino de que su abuelo colecciona ranas, y es la forma de tenerlo siempre presente en la base de sus pasos. Otra mujer trae números en los dedos, donde deberían ir los anillos: es el número del departamento del primer lugar donde vivió sola y marca el inicio de su autonomía. Un hombre tiene dibujada la molécula del LSD saliendo de unas bocinas en su hombro derecho. No pregunto. A una jovencita, una enredadera le cae de la base del cuello hasta asentarse en la columna vertebral. En algunos tatuajes hay una estética conmovedora (en los menos), en otros solo el deseo de visibilizar una parte de su historia. Prefiero los que cubren por completo una parte del cuerpo —le dicen body suit— que los que portan un conjunto de imágenes estampadas en el cuerpo.

Creo que entiendo un poco más: el tatuaje es una escritura que no se ofrece para ser leída por todos; es más bien un aliado de la memoria, un recordatorio para quien lo porta de su propia historia. Miro mi piel asoleada con manchas de sol, lunares sepia y cicatrices. Me imagino con algún dibujo y sonrío. Regreso los ojos al azul y los oídos al oleaje.

Edmée Pardo para Opinión51

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