103. Leer los grados de la escala de Richter

 
 

Leer los grados de la escala Richter

Cuando ocurre un terremoto, lo primero que queremos saber es de cuántos grados fue. La respuesta es un número con un decimal: 6.2, 7.5, 8.1. Pareciera que con eso basta para comprender los alcances del fenómeno. Pero leer un sismo exige una alfabetización distinta.

La escala de Richter nació en 1935, cuando el sismólogo estadounidense Charles Francis Richter, en colaboración con Beno Gutenberg, del Instituto Tecnológico de California, buscaba una forma objetiva de comparar el tamaño de los terremotos registrados en el sur de California. A diferencia de la escala Mercalli, que medía un sismo según sus afectaciones visibles, la escala de Richter propuso medir la magnitud de la energía liberada en el foco del terremoto.

Su escala se basó en la amplitud de las ondas sísmicas registradas por un sismógrafo estandarizado —el Wood-Anderson— y fue diseñada como una escala logarítmica. Esto significa, cosa que yo no sabía, que el aumento de una sola unidad representa diez veces mayor amplitud de onda y aproximadamente treinta y dos veces más energía liberada. Así, un terremoto de magnitud 7 no es "un poco más fuerte" que uno de 6: es unas treinta y dos veces más energético. La diferencia, entonces, no es un escalón sino un precipicio.

Desde 1970 los sismólogos utilizan la escala de magnitud de momento (Moment Magnitude Scale, MW), que ya no considera solo la energía liberada, sino tres variables: el área de la falla que se rompió, el desplazamiento promedio entre los dos bloques de roca y la rigidez de las rocas. Aunque en el habla cotidiana seguimos diciendo "escala de Richter".

Un sismo destruye la vida del lugar donde se manifiesta, aunque su hipocentro y su epicentro estén lejos. En México, por ejemplo, el temblor del 19 de septiembre de 1985 devastó la ciudad con una magnitud de 8.1, con epicentro en el océano Pacífico, frente a las costas de Michoacán, a 15 kilómetros de profundidad. El 19 de septiembre de 2017 la ciudad volvió a ser golpeada, esta vez por un sismo de magnitud 7.1, cuyo hipocentro se localizó a 51 kilómetros de profundidad y cuyo epicentro estuvo en Morelos, en el límite con Puebla.

Hace unos días, Venezuela sufrió dos terremotos de tipo doblete, con epicentro al norte del país: uno de magnitud 7.2 y otro de 7.5, separados por apenas treinta y nueve segundos, con una duración total de tres minutos entre ambos. La Guaira fue la zona más afectada.

Sabemos, por experiencia, que lo más importante de un terremoto no es su magnitud, sino los efectos que provoca debido a la calidad de las construcciones, la densidad de población, las decisiones políticas que se tomaron mucho antes de que la tierra comenzara a moverse. Hay que contemplar el estado estructural en que se encontraba la localidad y su población antes del sismo; ver los operativos de los planes nacionales de desastre (en México, el DN-III es el plan de auxilio a la población en casos de emergencia); la reacción de la sociedad civil; el apoyo internacional. Reponerse del daño material, si acaso es posible, lleva años. Lo irreparable son las familias rotas, los muertos, los cuerpos que no se encuentran, el daño psicológico. Ningún instrumento registra con exactitud las fracturas en la vida de quienes perdieron algo más que su casa: su historia, su trabajo, el dolor humano que no cabe en ningún decimal.

Veo las imágenes de lo que sucede ahora en Venezuela —las reales y las falsas creadas por IA— y en ambos casos me conmuevo. No hay manera de que la tierra deje de moverse; pero sí hay manera de tomar mejores decisiones políticas de asentamiento y construcción, de ser íntegros y conscientes en la planeación y el habitar de una ciudad, para que el daño, cuando llegue, sea menor.

Edmée Pardo para Opinión51

Siguiente
Siguiente

102. Leer al padre