102. Leer al padre
Leer al padre
La palabra padre proviene del latín pater, que se remonta a la raíz indoeuropea pəter, de la que también nacen el father en inglés, el Vater en alemán, el père en francés y el padre en español. Es una de las palabras más viejas de la humanidad porque nombrar al padre fue una necesidad temprana de las sociedades que buscaban organizarse, heredarse y perpetuarse.
De pater derivan muchas otras palabras. La Patria, por ejemplo, designaba originalmente la tierra de los padres. Patrimonio era aquello recibido de los antepasados varones. Patriarca nombraba al jefe de una familia extensa. Patrocinio surgía de la protección ejercida por quien tenía autoridad. Incluso la palabra patrón comparte esa misma genealogía. Todas estas palabras revelan un mundo construido alrededor de la figura masculina como centro del orden, de la propiedad y de la autoridad. La patria era de los padres; el patrimonio pertenecía a los padres; el apellido venía de los padres; las leyes las dictaban los padres. No por nada de la misma raíz surge el concepto de patriarcado.
Durante siglos, el patriarcado no fue únicamente una forma de organización familiar, sino un sistema político, económico y simbólico que colocó a los hombres en la cúspide de la jerarquía social y relegó a las mujeres, a los niños y a otros grupos a posiciones subordinadas. El padre dejó de ser una persona concreta para convertirse en una institución.
El problema, por supuesto, no son los padres, esos varones que engendran vida, sino la idea de que una sola voz debe tener el poder de definir la existencia de los demás. Hoy en día, la palabra está llena de claroscuros que van desde lo heroico hasta la peor bajeza. Atrás de ella habita un ser humano haciendo lo que pudo con las herramientas de su época. Rechazar el patriarcado no implica renunciar a la figura del padre porque existe, bajo ese concepto, una figura más sencilla y humana que habla del vínculo.
Y es ahí cuando pienso en mi padre. Pertenece a una generación educada dentro de los códigos patriarcales y, sin embargo, muchas veces, y con no poco esfuerzo, lo ha podido trascender. Ha aprendido a ser autoridad sin ser autoritario, ha aprendido a estar presente sin invadir, ha sabido aconsejar sin imponer. Con mi papá he aprendido que las palabras dominantes pueden estar habitadas por una persona amada.
Por eso, cuando escucho la palabra padre, no pienso primero en el patriarca romano ni en las genealogías del poder. Pienso en un hombre concreto. Pienso en sus manos, en la forma de nuestras narices, en su voz. Pienso en la manera como me ha acompañado a leer el mundo. De mi padre, la verdadera herencia no está en el patrimonio ni en la patria, sino en aquello que me ayuda a vivir con más dignidad, más curiosidad y más amor.
Edmée Pardo para Opinión51