101. Leer las mariposas

 
 

Leer las mariposas

Hay gente que se especializa en mariposas. Saben de su ciclo de vida —huevo, oruga, crisálida, adulto—, de sus rutas migratorias, de las plantas con que se alimentan, de su comportamiento reproductivo. Algunas de esas personas trabajan en museos o universidades; otras pasan largas temporadas en campo siguiendo rastros casi invisibles: una hoja mordida, una crisálida escondida, una especie que aparece solo unas semanas al año.

La lepidopterología no estudia únicamente la vida y el vuelo de mariposas y polillas. También busca sus trazas en todo aquello que tocaron y aprende a leer señales: huellas, metamorfosis, ausencias. Hay indicios en una planta hospedera, un huevo diminuto adherido a una hoja, una oruga que dejó su firma en el borde de una rama. El vuelo visible es apenas el último capítulo de una historia que comenzó mucho antes.

En el ámbito de lo simbólico, algunas personas entienden que las mariposas son una visita de quienes se han ido. Tiene su lógica pues la metamorfosis que las lleva de ser una oruga pegada a la tierra a un ser alado, ligero, capaz de cruzar fronteras, resulta una metáfora perfecta para hablar del alma que va de lo terreno a lo celeste. En México la resonancia es todavía mayor pues la llegada de las monarca coincide con fechas cercanas al Día de Muertos. En comunidades purépechas y mazahuas se ha interpretado históricamente que esas mariposas traen de regreso a los que ya no están.

Luego están las otras mariposas, las que la cultura popular ha instalado en el estómago con bastante aceptación. La ciencia hablará de adrenalina, dopamina, cortisol y pulso acelerado. El lenguaje, en cambio, eligió las alas porque cuando alguien nos importa algo revolotea dentro de nosotros.

Lo interesante es que esas mariposas siguen la lógica de la lepidopterología y del símbolo: sabemos que no nacen el día que vuelan, sino que las reconocemos en una conversación que se prolongó más de lo necesario, en la espera de un mensaje, en una sonrisa que aparece sin que nadie la convoque; y aparecen como mensaje de otro pues cuando advertimos el enamoramiento estamos observando el instante en que el sentimiento despliega las alas.

Las tres distintas mariposas —la de la naturaleza, la del símbolo y la del enamoramiento— tienen algo en común: su manera de aparecer. Sin ruido. Posándose un instante. Con esa ligera sorpresa y desconcierto de las cosas que parecen elegirnos, aunque nosotros también las estuviéramos buscando. Y también tienen en común la forma de desaparecer: apenas las percibes ya se han ido, son fugaces y misteriosas. Por eso ocupan un lugar tan importante en el imaginario. No son únicamente insectos hermosos; son narradoras de transformaciones.

En cualquiera de sus posibles contextos, las mariposas nos obligan a detenernos y observar. Nos recuerdan que casi nada sucede de golpe y que las mutaciones importantes suelen comenzar en silencio. Mirar una mariposa, en cualquiera de sus formas, implica pausar con conciencia. Y eso, en este tiempo que va a toda velocidad, es enorme.

Edmée Pardo para Opinión51

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