100. Leer el paisaje de Palau

 
 

Leer el paisaje de Palau

Hace poco aprendí que el paisaje se lee y he tratado de poner mi atención en esa nueva destreza. Antes de saberlo me relacionaba con el paisaje como los bebés con sus primeros balbuceos, un lenguaje preverbal de sonidos y sensaciones, uno que el cuerpo entiende antes que la mente. Suelto un largo suspiro cuando, desde el aire, miro fragmentos amorfos de verde oscuro flotando sobre un mar que no termina de decidir si es azul o turquesa o de una gama acuosa de la que no conozco todavía el nombre.

Pero mirar, describir y sentir, no es lo mismo que leer. Para leer el paisaje de Palau hay que empezar por entender que el archipiélago ubicado en la micronesia forma parte de la región biogeográfica conocida como el Triángulo de Coral, el área marina más biodiversa del planeta, que alberga más del 75% de las especies de coral conocidas y más de 2,000 especies de peces de arrecife. Esto no es un dato estadístico: es parte del vocabulario sin el cual la lectura es imposible.

Hay dos tipos de arrecife, me entero ahora con mis primeras lecturas, el de barrera y el de franja. El de barrera corre paralelo a la costa, separado de ella por aguas tranquilas de color jade; y el de franja que nace pegado a la tierra, sin distancia ni pausa. Esa diferencia —que desde el avión parece solo una cuestión de diseño— desde abajo del agua es la diferencia entre lo suave y lo salvaje.

Luego están los rock islands, monolitos de piedra caliza cubiertos de selva que emergen del agua con la forma caprichosa pulida a lo largo de cientos de años de erosión marina. Son bióticos y abióticos al mismo tiempo, una conversación entre la roca —que no tiene vida— y la vegetación que la colonizó, y el mar que los esculpió, y los pájaros que los habitan, y el tiempo que los fue redondeando por debajo. Leerlos es entender que el paisaje es siempre una historia de fuerzas que negocian.

Lo conspicuo del agua marina en Palau —para usar el término que aprendí— es el color del agua. El azul profundo señala el precipicio donde el arrecife cae hasta miles de metros en vertical. El verde jade indica aguas someras sobre arena o pasto marino. El blanco quiere decir coral muerto o blanqueado, o la evidencia de una rompiente. Ya quisiera yo unos aretes o un vestido de esos colores, algo con lo que pudiera envolverme en esa majestuosidad.

Y luego está lo que organiza todo: la corriente de la que ya hablé en otro texto. Palau tiene corrientes de marea poderosas que determinan dónde se congregan los tiburones de arrecife, dónde vuelan las mantarrayas, dónde aparecen los bancos de barracudas avanzando como un solo organismo plateado. La corriente es el factor abiótico más determinante del ecosistema de Palau: no se ve, pero se lee en el comportamiento de todo lo demás.

Hay una última cosa que aprendí a leer en Palau: el momento bajo el agua en que uno se convierte, por un instante, en parte del ecosistema que mira. El hombre —como me enseñaron al leer el ecosistema en tierra— nunca está fuera de lo que observa. Bajo el agua eso se vuelve literal: uno respira en el mismo espacio que habitan los peces, se mueve por las mismas corrientes, proyecta sombra sobre el mismo coral. Cuando leo el paisaje de Palau entiendo que no viajo para ver la naturaleza, sino para, por un momento, recordar que soy parte de ella.

Edmée Pardo para Opinión51

Siguiente
Siguiente

99. Leer el ecosistema