99. Leer el ecosistema
Leer el ecosistema
Lo escuché decir a un compañero de viaje y casi me voy de espaldas. No solo no se me había ocurrido, de plano ignoraba que el ecosistema se lee, cosa que —según me contó— practica con sus hijos cada vez que sale a carretera y les pide que nombren lo que ven para empezar la lectura del lugar que transitan. Le pedí, casi lo obligué, a una clase particular para entender de qué trata el arte que maneja. El hombre tiene formación de ecólogo, espíritu didáctico y una inteligencia divertida tras un par de ojos tupidos de pestañas encimadas.
La base de cualquier lectura implica —algo que he ido tratando de establecer a lo largo de estas columnas— conocer el vocabulario básico con el que está compuesta y estructurada la lengua. Así como para leer en inglés hay que saber palabras en inglés, para leer el ecosistema hay que conocer los vocablos básicos de ese lenguaje. Primero, entender que el ecosistema es la relación entre distintas especies en un área determinada, resultado del flujo de energía y el reciclado de materia: donde nada se pierde y todo se transforma. Lo segundo es discernir entre el mundo biótico —el que tiene vida y se reproduce— y el abiótico —el que no tiene vida propia.
El mundo biótico está formado por cinco reinos —que no son tres, como aprendí en la primaria—: el de las bacterias, el de los protistas, el de los hongos y el micelio, el vegetal y el animal. El mundo abiótico es aquello que no tiene vida pero que incide directamente en ella: la radiación solar, los gases, la lluvia, el pH de los suelos. Chocamos la mano cuando dije "como el petróleo", porque viene de la vida antigua de la Tierra y sus fósiles, pero que como combustible ya no produce vida. Los elementos abióticos pueden ser nutrientes o fuente de energía para otros organismos.
Una vez que sabemos si lo que vemos es de origen biótico o abiótico, hay que ubicar cuál es el factor incidental más determinante, y luego empezar a mirar lo evidente (conspicuo, dice él en su terminología). Pequeñas palabras que relacionan el suelo, el entorno, las plantas y los animales, y todo lo que de ahí se deduce a simple vista.
Otra cosa que desaprendí de mis nociones de primaria es que el ser humano siempre está dentro de cualquier ecosistema que observa, nunca fuera. Todo aquello que existe en la naturaleza se convierte en ecosistema por la mente humana que lo integra bajo un concepto. En los ecosistemas también se lee el tiempo y la mano del hombre: todo aquello que no nació ahí, sino que fue llevado por intención humana. Y así hablando de la tierra y la biología, vi que empezaba a formarse algo que no está en un libro de biología: un ecosistema que se desarrolla entre personas que apenas se conocen. Como cuando una especie nueva encuentra el nicho que le faltaba, o cuando la lluvia cae justo donde el suelo la esperaba sin saberlo, la amistad producto de palabras comunes, de preguntas que fertilizan, de silencios que no agotan. Un lugar donde algo —todavía sin nombre— empieza a crecer
Ya sabiendo las palabras que debía conocer para mirar los azules y verdes que llenaban mi vista, pude empezar a balbucear mis primeras frases y comenzar a leer el paisaje que miraba, que es de lo que se tratará la mi siguiente entrega.
Edmée Pardo para Opinión51