98. Leer las corrientes
Leer las corrientes
Hace poco fui a bucear. Antes de cada inmersión, el guía local daba una sesión informativa sobre el sitio que íbamos a conocer: el nombre del arrecife, la isla o la formación, la forma del paisaje, los animales que habitan la zona, el tiempo y la profundidad planeada, el momento del mes relacionado con los procesos reproductivos de algunas especies y, sobre todo, el estado de las corrientes.
Las corrientes marinas son desplazamientos inmensos dentro del océano, ríos invisibles que transportan calor, nutrientes, sal y vida de un lugar a otro. Podríamos decir que son la forma en que el océano respira: un movimiento constante cuyo ritmo cambia según la luna, la temperatura, el viento o la profundidad. De ellas depende todo el ecosistema y, por supuesto, el planteamiento de la inmersión.
Lo primero que sabemos los buzos es que las corrientes cambian siempre. No existe una corriente fija ni un mar completamente predecible. También aprendemos algo esencial: nunca se bucea en contra de la corriente, sino a favor de ella. Uno fluye, se deja llevar, aprende a salir de su fuerza, no a combatirla. Si hubiera un plan definitivo bajo el agua sería ese: entender el flujo y moverse con él.
Las corrientes son también un espacio de riesgo y tensión. Perderse dentro de una puede significar el final de una historia que nadie quiere contar. El guía hablaba de evitar entrar en “la máquina lavadora”: zonas donde el agua gira con violencia y revuelca al buzo como si fuera ropa atrapada en un ciclo interminable. Las lecciones parecían obvias y, al mismo tiempo, profundamente difíciles de practicar fuera del agua. Contra ciertas corrientes no se lucha: es una batalla perdida desde el inicio. Lo importante es reconocer cuándo fluir con ellas, cuándo evitarlas y cuándo quedarse quieto mirando pasar su fuerza. Y eso no se decide solamente antes de la inmersión, sino durante ella, porque el mar cambia de humor a cada instante y obliga a tomar decisiones rápidas, emocionantes y riesgosas.
Pensé en mi vida de afuera del agua, momentos en los que he insistido en luchar contra lo inevitable: una pérdida, el envejecimiento, el final de un amor, el cambio de estación. Me he agotado inútilmente intentando detener lo que ya se mueve hacia otra parte. Sin embargo, el mar enseña otra lógica: la supervivencia no depende de imponerse, sino de aprender a leer el movimiento.
En algunos lugares del hermosísimo Pacífico Sur, los buzos descienden con ganchos para sujetarse de una piedra y observar desde ahí el desfile de criaturas que atraviesan el azul. Permanecemos suspendidos, moviéndonos como banderines de condominio en venta, mientras tiburones, mantarrayas y peces innumerables cruzan frente a nosotros. Es una butaca inestable y húmeda desde donde uno contempla el mundo sucediendo. Quizá por eso bucear tiene algo de ejercicio espiritual. Bajo el agua desaparece la ilusión de control. La respiración se vuelve consciente, el cuerpo recuerda su fragilidad y el silencio adquiere una densidad distinta.
Leer las corrientes es complejo e impredecible antes de la inmersión, pero cuando el buceo termina también pueden leerse en los cuerpos y en las voces. Aparecen en las conversaciones aceleradas de los buzos, en los ojos alterados por el agua y el sol, en la emoción de haber presenciado una belleza imposible de traducir del todo. Hay experiencias que regresan a la superficie convertidas más en burbujas que en palabras, paisajes interiores que permanecen mucho tiempo después de salir del mar.
Edmée Pardo para Opinión51