113. Leer las conchas

 
 

Leer las conchas

Camino junto al mar, sobre una costa anaranjada que marca el límite entre el agua y el desierto.  Apenas hay espacio para que dos personas quepan entre los escarpes de arena erosionados por la marea y el oleaje. La naturaleza está en pleno en esta playa inmensa libre del camastro, del hotel y vendedores.  Me sorprende la anchura del paisaje, los cardones que se erigen dando el único tono de verde; me llama la cantidad de conchas amontonadas unas sobre otras.  Miradas desde arriba parecen rayas inscritas en la arena: una línea blanca, un borde rosado, una curva que la espuma descubre y vuelve a tapar. Me agacho para mirarlas de cerca y sentirlas entre las manos: en las texturas encuentro un diseño hecho de espirales, pliegues, labios. Hay algo escrito aquí, pienso, y me animo a buscar el lenguaje que la naturaleza marina escribió en esos cuerpos bellísimos y frágiles.  

Antes de que una concha sea objeto, es parte del cuerpo de un animal. Los moluscos que las producen tienen un tejido llamado manto que secreta una matriz de carbonato de calcio para protegerlos y que se amplía mientras crecen. Es como si les creciera una uña exterior que les da cabida. Después el molusco muere o es devorado y la concha queda libre para que ahí crezcan algas, pequeños organismos, un cangrejo ermitaño se acomode o las mareas las lleven a la playa. O sea que toda esa playa llena de conchas es cementerio y al mismo tiempo fundamento: al fracturarse forman parte del suelo que pisamos y el fosfato de calcio vuelve a nutrir el agua.  Dejarlas en la playa tiene sentido: lo que para nosotros es un recuerdo, a mayor escala es un recurso.  ¿Por qué son tan distintas en colores, trazos, formas y texturas? Y es en la suma de dos variables, el tipo de animal y el medio ambiente, donde empieza la lectura. 

Ya sea que el molusco necesite enterrarse, resistir el oleaje o protegerse de un depredador plantea necesidades y formas diferentes. En las costas rocosas expuestas al oleaje, las lapas tienen conchas semejantes a pequeños conos.  Muchas almejas, en cambio, viven enterradas; la forma de sus dos valvas y sus relieves facilitan que se introduzcan y se afiancen en el sedimento. La roca favorece unas soluciones; la arena, otras. Los depredadores también intervienen en esta diversidad. El grosor, la forma y ciertos picos pueden dificultar que una concha sea sujetada o aplastada. A ello se suma la química del agua: a mayor acidez, mayores dificultades para construir y conservar su cubierta. Sus incrementos de crecimiento permiten estudiar la edad de ciertos moluscos. 

La especialidad que lee, interpreta y estudia las conchas —sus formas, estructuras y características— para identificarlas y clasificarlas se llama conquiliología. Forma parte de la malacología, que estudia a los moluscos en su conjunto, incluidos aquellos que carecen de concha externa, como los pulpos y las babosas. También existe una especialidad más moderna: la esclerocronología, que permite investigar la historia de vida y las condiciones ambientales registradas en las capas de crecimiento de las conchas y de otras estructuras duras, como los esqueletos de coral. La diferencia es que, mientras la conquiliología ayuda a reconocer una concha, la esclerocronología permite leer el tiempo que guarda.

La tentación de recoger una concha es enorme cuando veo estas bellezas portátiles, pero pienso y vuelvo a concluir que no: yo no las necesito y el mar sí. Luego vuelvo a dudar ante esa maravilla: por una sola no pasa nada. Desisto. Sigo caminando, embelesada ahora con las semillas de mangle, unas vainas rojiverdes que no conocía.

Edmée Pardo para Opinión51

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