Leer el Golf
Otra vez estoy en un campo de golf. Me explicaron, y creí, que el golf nació entre pastores escoceses que, mientras cuidaban a sus rebaños, se entretenían golpeando piedras envueltas en lana con sus cayados para hacerlas entrar en los agujeros que encontraban en el terreno. Y esa imagen pude verla claramente en mi cabeza, aunque no tenga fundamento histórico. También dicen que un campo tiene dieciocho hoyos porque dieciocho eran los tragos que podían sacarse de una botella de whisky: un trago por hoyo y, que cuando se acababa la botella se acababa el juego. Y como el trago acompaña el juego desde la salida al campo, me pareció posible. También me explicaron, y volví a creer, que la palabra GOLF se acuñó desde el inicio del juego como el acrónimo de Gentelman only, Ladies Forbiden (solo para caballeros, prohibidas las damas), pero eso fue inventado muchos años después de que el juego fuera popular para mantenerlo lo más alejado de participantes femeninas. Ingenua de mí.
Desde cuándo se juega y por qué, no queda bien establecido. Lo que sí se sabe, y existen probatorios, es que en 1457 el parlamento escocés prohibió el juego del golf porque distraía a los hombres de practicar tiro con arco, necesario para la defensa del reino. En1744 quedan asentadas las primeras reglas por los Gentelman Golfers of Leith y el pueblo de St. Andrews se convirtió en la cuna para lo que hoy se conoce como el juego moderno. Al principio se propusieron 22 hoyos, 11 de ida y 11 de vuelta, pero los usuarios decidieron que los primeros dos eran muy cortos y finalmente quedó la convención de los 18 hoyos.
Que esta historia sirva de contexto para decir que el golf se lee. Incluso antes de golpear la pelota hay que leer el lie, la ángulo donde está ubicada, el número y las iniciales marcados en los bastones, el viento, el pasto, la distancia, la pendiente y la humedad. Eso nada más para acercar la bola al green, el área donde está el hoyo, para continuar leyendo el crecimiento del pasto, la inclinación y así calcular la velocidad. Todas estas habilidades lectoras son nada fáciles de adquirir mientras se persigue una pelota durante siete kilómetros en promedio entre tragos y risas. Pero no hay nada que no se aprenda y siempre hay adeptos que van desde amateurs hasta profesionales y millonarios, con todas las variantes, modas y excentricidades propias del gremio.
Aprendí a jugar golf hace 20 años, mi papá me enseñó en búsqueda de una actividad que realizar juntos porque la bicicleta ya era mucha exigencia para la rodilla. Digo que aprendí, pero más bien sigo aprendiendo porque realmente nunca me hice jugadora. Me he hecho compañera de juegos de mi papá, éste entre muchos otros que me ha compartido para pasar las horas en la cancha, frente a un tablero o una mesa de billar. Pasan varios meses entre nuestras salidas al campo, así que cada vez que tomo un bastón lo miro como se encara un alfabeto casi desconocido, pero frente a la fortuna de estar mi papá y yo vivos y sanos, cara al verde y bajo el sol, sé que siempre puedo intentar volver a leer el golf.
Edmée Pardo para Opinión51