108. Leer con el olfato

 
 

Leer con el olfato

Lo veo ahora, mientras cuido a la perra de mi hermano, cuando casi pega la nariz al pavimento y avanza recogiendo una cantidad de información que la hace detenerse o seguir. Si algo hace ella, Emma, una Springer spaniel inglés blanquinegra que pasa las vacaciones conmigo, es entender el mundo mediante la nariz. Es su forma de leer, pienso y vengo a este teclado a escribir la nota con ella echada a mis pies. Faldera y fuertísima, alegre y demandante, es una perra de caza que vive en plena ciudad. Yo veo y leo el mundo, mi sentido primordial es la vista; ella lo huele y lo entiende, su sentido primordial es el olfato. Y esa diferencia implica que andamos en distintos tiempos. Cuando una persona camina por una calle y se va, digamos que deja la calle vacía porque ya no la veo. Pero para un perro quedan moléculas, células desprendidas, rastros químicos. Es decir, yo veo el presente, pero Emma huele simultáneamente lo que está, ha estado y estará; si fuera persona sería psíquica.

Se dice que mientras los humanos contamos con unos cinco o seis millones de células receptoras olfativas, se estima que los perros poseen entre 125 y 300 millones, dependiendo, entre otros factores, de su anatomía. Según Yoshihito Niimura, en su artículo Extensive Gains and Losses of Olfactory Receptor Genes in Mammalian Evolution (2007), los perros tienen alrededor de 800 genes funcionales (no células) que codifican receptores olfativos, frente a unos 400 en los humanos, lo que no es cosa menor si preguntamos a un catador de vino o perfumista.

(Permítaseme una pequeña digresión anotando que, según un estudio posterior del mismo Niimura junto con Matsui y Touhara Extreme expansion of the olfactory receptor gene repertoire in African elephants, (2014), los ratones están equipados con alrededor de 1,100 genes para oler y los elefantes africanos con 1,948 genes para lo mismo.) Lo cierto es que los humanos estamos educados para mirar y leer. Desde niños aprendemos los colores, las letras, las formas. Preguntamos "¿qué dice ahí?" y alguien nos enseña a convertir esos signos en sonidos y después en significados. Nos alfabetizamos visualmente. Pero nadie nos enseña de la misma manera a oler, y, sin embargo, algo desarrollamos porque olemos la lluvia antes de que caiga, sabemos que alguien cocinó, aunque la cocina esté vacía. Un perfume puede revivir a una persona que lleva años muerta con una precisión que una fotografía no consigue. El olor de una alberca abre de golpe una puerta que no sabíamos que seguía ahí.

Pero volvamos a Emma. Son distintos los movimientos de su nariz para olfatear que para respirar, y para respirar también puede usar la boca. Cuando huele el aire sigue un recorrido capaz de llevar las moléculas olorosas hasta el epitelio olfativo para convertirlas en información que distingue. Investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania reconstruyeron, mediante resonancia magnética y modelos computacionales, el interior de una nariz canina y determinaron que cada fosa nasal toma muestras ligeramente distintas del espacio, y que el aire recorre un trayecto especializado hasta el epitelio olfativo, donde se convierte en información que el cerebro puede distinguir. Aparte de este sistema, los perros cuentan también con el órgano vomeronasal (palabra que me cuesta trabajo pronunciar) u órgano de Jacobson, especializado en detectar semioquímicos específicos como feromonas, señales de territorio y reproducción, un sistema aparte del olfato general. Es decir que no solo huelen, sino que identifican el olor y actúan en correspondencia. Con tantas habilidades olfativas, los perros son fácilmente entrenados para detectar sustancias específicas e incluso determinados cambios fisiológicos humanos, pues reconocen patrones químicos asociados a ellas y pueden avisar antes del episodio de alguna enfermedad, y encuentran rastros que a nuestros ojos parecen perdidos.

Vuelvo a salir con Emma, paseamos por lo menos dos veces al día. Me pregunto qué huele cuando se detiene en la base de un árbol: otro perro, una ardilla, quizá comida. Le tengo paciencia porque, aunque a mí me parece aburrido tener la nariz tanto tiempo en un lugar, sé que ella está leyendo un libro que nunca podrá ser escrito.

Edmée Pardo para Opinión51

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