Leer liternatura
Llegué a la edad del tejido y el jardín, digo a mis amigas, porque estoy convencida de que, sin reemplazo hormonal, solo tendría ánimo para tejer y mirar las flores como hacía mi abuela. El tratamiento y mi curiosidad me han puesto en otra estación de la vida: la edad de los pájaros y las plantas. Levanto la vista cada vez que escucho un canto que no reconozco y me detengo frente a un árbol para preguntar su nombre, mirar la forma de sus hojas y buscar las semillas que deja por ahí.
Hace poco más de cinco años la fascinación por los árboles se apoderó de mí. Después de haberlos dado por sentados durante décadas, un día aparecieron y pude mirarlos con toda su presencia. Como lectora hice lo único que sé hacer cuando algo me deslumbra: buscar libros. Empecé a leer novelas, ensayos y memorias donde los árboles fueran protagonistas. Durante un año entero, en mi club de lectura, recorrimos obras magníficas que nos enseñaban a mirarlos de otra manera. Pasamos por científicos como Stefano Mancuso, Peter Wohlleben y Suzanne Simard, quienes han transformado nuestra comprensión del mundo vegetal al mostrar redes de cooperación, comunicación química y formas de inteligencia distintas de la humana. Después fuimos a la ficción con Patrick Ness, Lars Mytting, Alejandro Zambra y José Mauro Vasconcelos, donde los árboles no son escenografía sino personajes capaces de modificar el destino de quienes viven a su lado.
Desde entonces mi biblioteca empezó a poblarse de ríos, líquenes, musgos, hongos, ballenas, arrecifes, aves migratorias y semillas. Busco libros sobre el vuelo bajo de un halcón, la paciencia con la que un musgo conquista una roca, la manera en que la savia asciende por un tronco o la estrategia con la que una semilla espera durante años el momento adecuado para germinar.
Descubrí, casi por accidente y con ayuda del algoritmo, que ese apetito lector tiene nombre: liternatura. Un injerto lingüístico que, según entiendo, acuñó el escritor catalán Gabi Martínez para nombrar aquellas escrituras que dialogan íntimamente con la naturaleza en todas sus dimensiones y que hoy impulsa a través del Festival LiterNatura de Barcelona. En México, el zoólogo y escritor Andrés Cota Hiriart ha contribuido a difundir el término y lo describe como un territorio transgenérico donde caben el ensayo, la crónica, la poesía, la discusión filosófica, el diario de campo e incluso la literatura infantil.
Antes de que existiera esta palabra en español, el mundo anglosajón ya contaba con una larga tradición: el nature writing. Una escritura que no es exactamente ficción ni tampoco divulgación científica. Se alimenta del conocimiento producido por la biología, la geología o la ecología, pero que encuentra su verdadera fuerza cuando ese saber se convierte en experiencia narrativa. Richard Powers, Rachel Carson y Robin Wall Kimmerer pertenecen a esa genealogía. En español, uno de los libros que más me ha conmovido es Niñapájaroglaciar, de la escritora colombiana Mariana Matija, una obra de una delicadeza extraordinaria.
Lo que me atrae de esta escritura es que exige dos formas de atención simultáneas. La primera es la precisión. Hay que aprender a distinguir un encino de un fresno, un liquen de un musgo, un zopilote de un halcón. La segunda es el asombro. Porque conocer no cancela el misterio; lo multiplica. Mientras más sabemos de una raíz, de una nube o de una migración, más evidente resulta todo lo que todavía ignoramos. Y lo que me fascina es que propone descentrar al ser humano sin borrarlo. Nos recuerda que la vida no sucede alrededor de nosotros, sino con nosotros. Que un bosque lleva millones de años escribiendo una historia de cooperación de la que apenas empezamos a comprender algunas frases.
Sé que el mundo está lleno de textos sin tinta: el vuelo de una bandada, la inclinación de un girasol, el olor de la tierra antes de la lluvia, el tronco que conserva el incendio de hace cincuenta años. Quiero leerlos todos, aprender su lenguaje y escuchar lo que cuentan.
Edmée Pardo para Opinión51