78. Las princesas muertas
Las princesas muertas
La mamá de Marilú no estuvo enferma ningún día y de pronto murió de un ataque al corazón, quince días antes de que mi mamá falleciera después de 11 años de caminar junto al cáncer. Nos hicimos huérfanas casi al mismo tiempo. Desde entonces hablamos de ellas como las princesas muertas que hace tres años migraron como mariposas. Nosotras, evidentemente, somos sus herederas: de la genética, del nombre de pila, las mañas, las recetas, de alguna ropa que cuando la vestimos inmediatamente identificamos su procedencia. Nos preguntamos si hubieran sido amigas, en caso de haberse conocido. Quisiéramos hacerles el regalo de nuestra amistad, pero la herencia va hacia abajo y nunca hacia arriba.
La mamá de Edmée llevaba varios días queriéndose morir, por eso la noche en que la mía lo hizo le escribí: “No es por presumir, pero mi mamá ya se murió.” Nuestras princesas muertas han sido grandes cómplices en la muerte. Las llamamos así, por el libro de Kenizé Mourad, De parte de la princesa muerta, porque como en el libro nuestras mamás tuvieron una nobleza única. Sin hermanos, imaginaba una orfandad silenciosa y solitaria, pero esta sincronicidad de la partida de madre, puso en mi balsa una compañera con la cual navegar la tormenta del duelo.
La orfandad para mí, con dos hermanos vivos, fue absolutamente independiente de ellos: cada uno había perdido una mamá distinta y nuestros modos de atravesar el pesar fue individual. El dolor de la muerte de mi madre me rompió de un modo que no me quedó otra más que reconstruirme y convertirme en ésta que soy ahora. El reacomodo de piezas fue luminoso a lado de las interminables y amorosas charlas con Marilú. También me inscribí para certificarme como doula de la muerte y elegí como tema de un proyecto de cuentos “Los últimos minutos”. Hay que hablar de la muerte todos los días: de las pequeñas y las tremendas, retomar el diálogo con esa compañera que nos acompaña.
A partir de la muerte de mi mamá recorrí su gran historia de amor, con la vida, con mi papá, conmigo, con su familia, con sus amigas y con quien se acercaba a ella. He recuperado una mamá que había olvidado y encontrado en su ausencia una presencia constante, dulce y sabia. Diario me abraza con un amor infinito y ese amor es el que me ha reconstruido.
Los primeros dos años no sentí su ausencia, sólo mi vacío; pero en el nuevo acomodo empiezo a echarla de menos. Lamento que no estuviera en mi fiesta de cumpleaños, que no haya conocido al bisnieto, que ella se esté perdiendo la vida y que la vida se esté perdiendo de ella. Me quedo con que me dejó todo lo que necesito saber, cualquier cosa que pregunto sé que ella, de alguna manera, me dio la respuesta. También me quedo con la certeza de que las mamás muertas se parecen, pero las vivas son cada una a su manera.
Edmée Pardo para Opinión51