90. Leer con el bebé
Leer con el bebé
A mi familia llegó un bebé, con su nacimiento nacieron los padres, bisabuelos, abuelos, tíos, primos y algunos curiosos que gozan con la vida renovada. Estas vacaciones, las primeras que él y nosotros, pasamos juntos, estuvimos pendientes de cada gesto y cada quien, sin querer queriendo, lanzó sus expectativas y ansiedades: el parecido, lo grande, lo inteligente, lo bien humorado, los alimentos, el tiempo aproximado para que gatee sin control, cuándo y cuál será su primera palabra. A ese respecto vamos en monólogos larguísimos de bababababa. Yo, la tía abuela que nació con ese niño y que es promotora de la lectura, le he presentado el entusiasmo por los libros. Compré un par antes de su nacimiento, y desde el primer mes lo he fotografiado con el mismo libro que se llama Amarillo para ir registrando su crecimiento e interacción con un pequeño volumen de cartón que muestra objetos de color amarillo. Estamos en la fase de que un libro, también, es buenísimo si se lleva a la boca.
Mi idea no es que lea pronto, no comparto la obsesión adulta del bebé lector, solo quiero que conozca el objeto, acercarlo al mundo que existe entre las páginas. En Instagram hay cuentas como @toddlerscanread y @toddlersread.com, con miles de seguidores, centradas en alfabetización temprana y recursos para ayudar a que los niños pequeños se acerquen a la lectura desde sus primeros pasos. La verdad es que no creo en las promesas de esos programas: ventajas cognitivas, mayor coeficiente intelectual y un futuro brillante. Esa tendencia no es nueva. Glenn Doman, pedagogo fundador del Instituto para el Desarrollo del Potencial Humano, impulsó la idea de que los bebés podían aprender a leer palabras completas mediante estimulación visual temprana. Más tarde, Makoto Shichida popularizó métodos similares, vinculados al desarrollo del hemisferio derecho del cerebro.
Él bebé tiene y tendrá su forma y tiempo particular de desarrollo. Algunos miembros de la familia festejan su rápido desarrollo, pero cuando lo tengo en mis brazos le pregunto a dónde va con tanta prisa. Por eso este libro y el que sigue no tienen palabras ni letras, sino texturas y sonidos. Leer, lo sabemos quienes leemos y los que no, es una construcción complejísima que requiere maduración neurológica, emocional y simbólica.
Claro que espero la hora de leerle cuentos, canciones, rimas, mirar detenidamente las imágenes de un texto. Pero no quiero que la lectura se convierta, si de mi depende, en un logro medible. Detrás de cada bebé lector, pienso, hay un adulto preocupado por no quedarse atrás, de hacer lo correcto, de garantizar un futuro exitoso en un mundo incierto. Para nosotros, el bebé y la tía, morder el libro, babearlo, tirarlo al piso es una forma de lectura válida que no viene en el manual. El vínculo con los libros nace del tiempo compartido, del juego, de la voz que lee sin expectativas, del adulto que disfruta y no evalúa. Confío en poder ofrecerle eso.
Edmée Pardo para Opinión51