91. Leer el Mavrogeni-Papanicolaou

 
 

Leer el Mavrogeni-Papanicolaou

Lo que conocemos como Pap o Papanicolaou es una de las técnicas más eficientes para detectar cambios anormales en las células del cuello uterino, especialmente aquellos que pueden evolucionar a cáncer cervicouterino. Gracias a este estudio, utilizado como herramienta preventiva, la mortalidad por este tipo de cáncer se ha reducido de manera notable. Dicen quienes saben que hasta en un 80 %.

La historia de este descubrimiento puede leerse como una historia de amor y complicidad. Un joven matrimonio griego que emigra a Estados Unidos en 1913. Ninguno habla inglés y solo cuentan con los 250 dólares necesarios que les abren la puerta de entrada al país. Son pareja, equipo, confidentes. Juntos desarrollan un método para recolectar células del cérvix y teñirlas con una tintura que permite que aparezcan de distintos colores según su forma, tamaño y estado.

Ella administraba el laboratorio, preparaba las muestras, limpiaba, observaba y, sobre todo, ofrecía voluntariamente su cuerpo casi todos los días durante más de veinte años para donar muestras y hacer el rastreo necesario. También entusiasmó a varias amigas suyas para colaborar y ampliar la investigación. Gracias al registro de todo el ciclo menstrual fue posible establecer qué cambios eran normales y cuáles anormales. Sin ella no habría estudio ni método tal como hoy lo conocemos. Tras la muerte de su esposo, dedicó su energía a promover la importancia de los estudios de prevención y continuó su labor en el Instituto de Investigación Oncológica Papanicolaou. Falleció en Miami en octubre de 1982.

Sin embargo, esta historia también puede leerse como una más que invisibiliza el trabajo y las aportaciones hechas por mujeres. Bajo esta óptica, ella es otra integrante más de la lista del llamado Efecto Matilda, fenómeno que nombra a las científicas que contribuyeron enormemente a la ciencia y cuyo trabajo fue, con frecuencia, atribuido a colegas hombres.

Recién llegados a Estados Unidos, ella consiguió trabajo en los almacenes Gimbel como costurera, donde cosía botones por cinco dólares a la semana. Su esposo tuvo un par de empleos ocasionales antes de obtener un puesto en el Departamento de Patología del Hospital de Nueva York y en el Departamento de Anatomía del Cornell University Medical College, donde poco después ella se unió como técnica no remunerada. Él era el médico; ella, la laboratorista silenciosa. Ella fue la materia prima y la trabajadora; él fue quien firmó el estudio con su nombre. Solo después de su muerte comenzó a reconocérsele como cocreadora del método.

Nacida como Andromachi Mavrogeni —de ahí Machi y luego Mary—, descendía de una familia combatiente que tuvo un papel histórico durante la Guerra de Independencia griega. Hablaba francés, tocaba el piano. Conoció al que sería su esposo durante un viaje en ferry a Atenas. Ella es el alma de este estudio. Gracias a su energía se salvan hoy tantas vidas de mujeres.

La próxima vez que me toque la revisión anual pediré el Estudio Mavrogeni-Pap. Al final, somos nosotras las encargadas de darnos un lugar en la historia.

Edmée Pardo para Opinión51

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