88. Leer el lenguaje censurado

 
 

Leer el lenguaje censurado

El lenguaje está vivo. Es elástico: se recrea, se expande, se contrae, se multiplica, desaparece. No es un objeto neutro ni un simple vehículo de comunicación. El uso y desuso de ciertas palabras responde a una época, a una visión del mundo, a relaciones de poder y de sumisión. Puede parecer una moda o una corrección superficial, pero cada vez que una palabra entra o sale de circulación, muchos hilos invisibles se ponen en movimiento. El riesgo es alto, porque el lenguaje da forma al pensamiento, a la memoria, a la alegría y al dolor. Cuando el lenguaje se empobrece, el mundo también lo hace.

George Orwell lo enunció con claridad en su libro 1984. En la novela, los habitantes del Estado totalitario están obligados a usar la neolengua (Newspeak), un idioma nuevo que no es un simple cambio de vocabulario, sino una herramienta de control mental. El poder que entra por el habla escala hasta el pensamiento. La neolengua se diseña para comunicar menos. Si no existen las palabras para una idea, esa idea se vuelve impronunciable y, con el tiempo, impensable.

La neolengua elimina matices, ambigüedades y emociones incómodas. El idioma se vuelve angosto, como un pasillo sin salidas. No hay sinónimos ni antónimos complejos. Todo se aplana. Lo bueno es good, lo malo es ungood; lo muy bueno, plusgood; lo excelente, doubleplusgood. Traducido a nuestra experiencia cotidiana: bueno, no bueno, muy bueno, ultra bueno. Sin matices, sin profundidad, sin posibilidad de pensamiento crítico. Y, por supuesto, con la eliminación sistemática de las palabras consideradas peligrosas.

La historia nos demuestra que este mecanismo no es ficción. Durante los procesos de colonización, a los pueblos originarios se les negó la educación en su lengua materna. Ocurrió en México, en Norteamérica, en Sudáfrica y en muchos otros territorios. Al prohibir una lengua, no solo se borraba un sistema de comunicación: se borraba una cultura entera, una cosmovisión, una forma de nombrar la vida y la muerte. Se instalaba, en su lugar, una forma de poder.

Hoy el control del lenguaje ya no proviene únicamente de los Estados o de los grupos dominantes tradicionales. Lo vemos operar con fuerza en las redes sociales. En plataformas como Instagram, la censura está a todo lo que da, aunque se disfrace de corrección o cuidado. Como no se puede decir asesinato o suicidio, se habla de que alguien “se desvivió” o “lo desvivieron”. Como no se puede decir violación, se habla de “un encuentro sexual no consensuado”. Se dice “desequilibrio cultural” en lugar de racismo; “neutralizar al enemigo” en lugar de ataque de guerra; “experiencias o creencias limitantes” en lugar de trauma.

Al usar este lenguaje, se borra la emoción, la intención y la gravedad de los hechos. Se suaviza la realidad hasta volverla irreconocible. La violencia se diluye, el dolor se anestesia, la responsabilidad se esfuma. Al evitar ciertos términos que incomodan, también evitamos la verdad. Y sin verdad no hay pensamiento crítico, ni memoria, ni posibilidad de transformación. Los actos de violencia desaparecen de un plumazo o, mejor dicho, de un pitido de censura algorítmica.

Cuando yo era niña existía un dicho simple y contundente: “al pan, pan y al vino, vino”. No se decía harina con agua amasada, leudada y horneada; mucho menos jugo de uva fermentado. Nombrar las cosas por su nombre no era una grosería, era una forma de claridad. Hoy, en cambio, parece que vivimos rodeados de eufemismos que no protegen a nadie, pero sí nos alejan de la realidad. Y un mundo que no se nombra con precisión es un mundo cada vez más difícil de pensar… y de cambiar.

Edmée Pardo para Opinión51

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