87. Leer en el futuro

 
 

Leer en el futuro

Este texto no se trata de un arte adivinatorio ni oracular, sino de una reflexión sobre el tema, actividad, deseo y labor que me ocupa: la lectura. Hablar del futuro de la lectura suele tener dos lados opuestos: el apocalíptico, que anuncia la muerte del libro cada vez que aparece una nueva pantalla, y el ingenuamente optimista, el mío, que celebra cualquier innovación tecnológica como salvación cultural. Leer el futuro implica algo más complejo: observar cómo leen hoy los adultos mexicanos, desde dónde lo hacen, con qué obstáculos y qué deseos arrastran cuando se acercan a un texto, ya sea impreso, digital o narrado al oído.

Durante años, la conversación pública sobre lectura en México ha estado centrada en la infancia y la juventud. Se mide qué leen los niños, cuántos libros hay en las escuelas, cómo formar lectores desde temprano. Pero los adultos lectores, o los adultos que quisieran leer y no logran hacerlo, han quedado en un ángulo muerto a pesar de creciente número de libro clubs pues el adulto mexicano lector ya no responde a un solo perfil. Convive quien sigue leyendo en papel como acto casi ritual con quien consume textos fragmentados en el celular, quien lee antes de dormir con quien escucha libros mientras maneja, cocina o camina. El tiempo, más que el interés, se ha convertido en el principal filtro. No es que no quieran leer; es que no encuentran dónde acomodar la lectura dentro de vidas atravesadas por el trabajo, los cuidados, el cansancio y la sobreestimulación.

En ese contexto, los audiolibros son una respuesta concreta a una necesidad real: recuperar la experiencia narrativa en medio de agendas saturadas. Escuchar un libro no sustituye leerlo con los ojos, pero sí amplía el territorio de la lectura. Permite que la literatura vuelva a entrar en la vida cotidiana, no como tarea, sino como compañía.

Para muchos adultos, el audiolibro funciona como una puerta de regreso. Personas que no habían terminado un libro en años descubren que pueden escuchar novelas, ensayos o crónicas mientras hacen otras actividades. No es casual que los géneros más consumidos en este formato sean la narrativa, la divulgación y los textos de no ficción: historias que sostienen la atención y voces que generan intimidad. La lectura, en este caso, vuelve a ser oral, como lo fue en la época del fuego y el barro.

Lo que cambia no es el deseo de leer, sino la forma de acceder al texto y el permiso interno para hacerlo de maneras no tradicionales. Sin embargo, hay un riesgo. Si la lectura se adapta solo a la lógica de la rapidez y la productividad, corre el peligro de convertirse en otro consumo más. Leer en el futuro también implica defender espacios de lectura lenta, profunda, incómoda a veces. La expectativa no debería ser leer más por leer, sino leer mejor, con mayor conciencia de lo que un texto hace en nosotros.

El futuro confirmará, como lo ha hecho en el pasado, que mientras haya historias capaces de ser escuchadas, leídas o compartidas, la lectura seguirá encontrando la forma de quedarse.

Edmée Pardo para Opinión51

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