89. Leer los nombres de pila de una mujer

 
 

Leer los nombres de pila de una mujer

Me puse necia. Lo reconozco. No pude argumentar más porque lo tomé personal y ladré, no para fundamentar mi posición sino para replicar con fiereza. Sucedió en una sobremesa de las vacaciones navideñas, el vino había corrido y las emociones estaban exaltadas: criticábamos a la 4T y a la presidenta, evidentemente mucha tela de dónde cortar y coincidir. Pero cuando alguien dijo que otra de sus estupideces era nombrar a la corregidora con su nombre de pila, disentí. En eso sí estoy de acuerdo, dije. Sentí que me empezaban a apedrear.

Hubiera querido decir con toda tranquilidad que nombrar no es un gesto neutro, que las mujeres hemos sido nombradas como posesión, extensión y apéndice de otro. Que el uso del apellido del marido para identificar a una mujer no es una simple convención social: es una práctica que ha contribuido a borrar autorías, diluir trayectorias y subordinar identidades. Por eso vale la pena llamar a las mujeres por sus nombres propios, incluso cuando la historia las haya registrado de otro modo.

Las consecuencias de esta práctica no fueron superficiales. Muchas mujeres quedaron invisibilizadas en la historia intelectual, artística y científica. Marie Curie, por ejemplo, nació como Maria Skłodowska. Durante años, su apellido de origen quedó relegado, a pesar de que su formación científica y sus primeros trabajos pertenecían a esa etapa de su vida. Hoy, recuperar su nombre completo es reconocer que su genio no fue un derivado del matrimonio, sino una continuidad previa y autónoma.

Algo similar ocurre con Clara Schumann, recordada durante décadas principalmente como “la esposa de Robert Schumann”, cuando fue una pianista y compositora extraordinaria por derecho propio. Nombrarla solo en función de su marido no es una omisión inocente: es una forma de jerarquizar el talento.

En otros casos, el borramiento es aún más brutal. Mileva Marić, matemática y física, fue durante mucho tiempo conocida únicamente como la primera esposa de Albert Einstein. Nombrarla es devolverle existencia histórica.

Llamar a las mujeres por sus nombres propios no es una corrección estética ni una moda contemporánea. Es una forma de justicia histórica. Es reconocer que las mujeres no empiezan a existir al casarse ni derivan su valor de ese vínculo. El nombre de pila, acompañado del apellido propio, devuelve continuidad biográfica, autonomía y autoría.

En este sentido Cuando Claudia Sheinbaum habla de Josefa Ortiz y no de la Corregidora de Domínguez hace una operación política deliberada.

Históricamente, Josefa Ortiz ha sido conocida como la Corregidora, un título que no solo remite a un cargo que ella no ocupaba, sino que la define en función del puesto de su marido, Miguel Domínguez, corregidor de Querétaro. El nombre popular la inscribe en la historia como “la esposa de”, incluso cuando su participación en el movimiento de Independencia fue activa, consciente y decisiva. Ella no fue una figura secundaria que acompañó; fue una conspiradora, una estratega y una mujer que asumió riesgos políticos reales. Decir Josefa Ortiz implica romper con la lógica colonial y patriarcal del nombramiento. Es devolverle agencia histórica. Pero bueno, preferí la armonía familiar al marcaje ideológico y saqué mi frustración escribiendo esta columna.

Al poco tiempo surgió la extracción de Venezuela de Nicolás Maduro y Cilia Flores. Ella trabajó para el régimen de Chavez, fue diputada y presidenta de la Asamblea Nacional, Procuradora General de la República, miembro directivo del Partido Socialista Unido de Venezuela. Es decir, Cilia Flores no fue arrestada por ser esposa de un dictador, sino por ser absolutamente cómplice, algunos dicen que hasta artífice de esa dictadura y la han llamado el poder detrás del trono. Ella entregó su vida a la causa del Chavismo y eso merece un titular y viajar en vuelos internacionales con su propio nombre.

Edmée Pardo para Opinión51

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