94. Leer a Gisèle

 
 

Leer a Gisèle

¿Cómo debería llamarla? ¿Señora Pelicot, con su apellido de casada, o señora Guillou, con su apellido de soltera?, pregunta Gaby Wood , la primera periodista que la entrevista en torno a su libro Un himno a la vida. Gisèle está bien, responde ella.

Pongo en contexto de los hechos por si alguien se lo perdió. Gisèle es una mujer víctima de intoxicación forzada y abusada sexualmente por su marido durante una década. El señor convocaba a hombres a violar a su mujer inconsciente y dejó registro fílmico de más de 50 delincuentes que aceptaron la invitación. De 72 candidatos, 50 aceptaron; 22 declinaron la oferta pero no reportaron lo que sucedía. Pero claramente Gisèle es mucho, muchísimo más que eso.

Gisèle es la mujer ejemplo que se defiende, que da la cara, que abre camino e inspira a cientos de mujeres, que cambia las leyes, que conmueve y mueve. A los 71 años adquirió notoriedad y se convirtió en ícono de la lucha feminista contra la violencia de género. En algunos muros de arte urbano están sus frases, su cara, su fuerza al caminar. En diciembre de 2024, fue incluida en la lista de las "100 Mujeres" más influyentes del año por la BBC, y ese mismo mes la revista Weekend del Financial Times la reconoció como una de las 25 mujeres más influyentes del mundo. En mayo de 2025, recibió el premio Francés liberté por su compromiso con la defensa de los derechos humanos y su trabajo en la sensibilización sobre la violencia contra las mujeres.

Supe de ella, no solo porque era el escándalo mediático del momento (de los que generalmente trato de alejarme), sino porque su frase la vergüenza tiene que cambiar de lado, se me metió en la piel. Veo sus fotos y me imanta su energía, su belleza; la leo y paso por una montaña rusa de emociones. Al final solo me queda más que rendirle homenaje también. Escribir sobre ella, invitar a leerla que en mi caso fue a través del audiolibro.

Leer Un himno a la vida, libro que escribe con ayuda de Jusdith Perrignon, no es cómodo. Da detalles de lo que los medios nos informaron y también se asoma a la vida íntima y juvenil de los protagonistas de la historia. Miramos de frente la complicidad, el silencio, la violencia normalizada, el horror. Pero al hacerlo también asistimos a una transformación. No es la historia de la víctima que se queda atrapada en el daño, sino la de una mujer que decide apropiarse de su historia y desplazar el foco. No se trata de ella como objeto de violencia, sino como sujeto de entereza. Al contar su historia, saca la vergüenza de su cuerpo vulnerado y la coloca en quienes ejercen la violencia y la solapan. Leerla es recordar que incluso en los territorios más dañados puede emerger una voz potente que no pide permiso. Hay que comprar el libro no por morbo, ni por indignación pasajera, ni por contribuir al escándalo mediático, sino por la posibilidad de entender que la dignidad, cuando se nombra, se vuelve contagiosa y es referencia.

Edmée Pardo para Opinión51

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