93. Leer el código QR
Leer el código QR
Cómo funcionan los códigos QR, me pregunto cuando un mesero me pide que acerque mi teléfono a un dibujo laberíntico en blanco y negro. Tantos años usándolo, al principio padeciéndolo, y apenas ahora me doy cuenta de que es otra forma de lectura que no hago yo sino mi teléfono y me lanzo a la investigación.
Es una invención japonesa de hace 30 años que surge cuando el código de barras fue insuficiente. En 1994, Masahiro Hara, ingeniero de la empresa Denso Wave, especializada en lectores físicos, dispositivos de escaneo, robots, automatización, tecnologías de captura y gestión de datos, tenía un problema práctico: los códigos de barras tradicionales eran insuficientes para rastrear piezas automotrices cada vez más complejas. Los códigos de barras le parecían lentos, almacenaban poca información y requerían una lectura precisa en una sola dirección. Hara y su equipo buscaban un sistema que pudiera ser leído más rápido, desde múltiples ángulos y con mayor capacidad de datos.
La solución se las dio el juego de mesa más antiguo del que se tenga noticia: el Go. Se dice que el Go se inventó en China, conocido ahí como Weiqi, hace 2500 años, como una herramienta para enseñar disciplina y pensamiento estratégico. Se expandió a Corea, donde se llama Baduk, y luego a Japón, donde tomó el nombre de Go y se convirtió en una práctica intelectual tan importante al nivel de la caligrafía, la poesía y la filosofía. El Go, explico aquí lo que entendí porque nunca lo he jugado, se trata de un tablero de 19 x 19 líneas, con piezas negras y blancas, todas de la misma jerarquía y de movimiento libre, cuyo objetivo no es capturar al enemigo sino ganar territorio. Fichas redondas que se mueven sobre una cuadrícula plana, según las imágenes de internet. Fue una noche en la que Hara practicaba el juego que de pronto tuvo una epifanía: el mirar el tablero desde varias perspectivas le sugirió que una estructura visual más compleja que una sola línea recta (con muchas pequeñas líneas rectas en varias direcciones) podía almacenar más información sin perder legibilidad.
Durante los años noventa y principios de los dos mil, el código QR se utilizó casi exclusivamente en la industria. Los lectores eran dispositivos especializados, diseñados para descifrar patrones visuales y traducirlos en datos.
El giro ocurrió a partir de 2010, cuando los teléfonos celulares, mal llamados inteligentes, incorporaron cámaras capaces de funcionar como lectores. El QR salió del ámbito de la fábrica y entró a la vida cotidiana en menús, boletos, pagos, campañas culturales, certificados sanitarios. De pronto, todos aprendimos a leer códigos sin saber exactamente cómo funcionaban y cómo los lee nuestro teléfono.
Mi teléfono y yo evidentemente no leemos igual. Por mi parte, incluyo en cada lectura contexto, memoria, emoción, experiencia. La cámara de mi teléfono, en cambio, lee sin interpretación: convierte un patrón visual en una instrucción. A esa lectura se le llama escanear, que es una manera de obtener información de un modo rápido y funcional.
A veces me da la impresión de que las personas queremos replicar esa eficiencia lectora y escaneamos y escroleamos textos en búsqueda de rapidez. Sin embargo, la lectura humana tiene importancia justo en lo contrario: la pausa, la duda, la interpretación.
Aprecio los QR en la medida que entiendo que son una solución práctica y ecológica, aunque extraño las cartas en los restaurante, los programas de mano de un teatro, las revistas que se leen de atrás para adelante, las formas impresas para llenar en los aeropuertos. Leer con los propios ojos de modo lento, incompleto y subjetivo es y seguirá siendo algo absolutamente humano y necesario.
Edmée Pardo para Opinión51