92. Leer la guerra
Leer la guerra
Grandes obras literarias se han escrito sobre la guerra. La Ilíada, texto fundacional de la literatura occidental, es ante todo un relato sobre la cólera y sus consecuencias. Aquiles obtiene gloria, pero el costo es profundamente humano. Tolstói, en Guerra y paz, cuestiona la idea de que la historia la decidan únicamente los grandes líderes y muestra cómo miles de vidas quedan atrapadas en las decisiones de Napoleón y el zar. Aquí, La guerra no es solo estrategia política; también es la incertidumbre de una madre que espera noticias. Svetlana Alexiévich, en La guerra no tiene rostro de mujer, reúne los testimonios de mujeres soviéticas que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Ofrece un registro directo de la experiencia: el miedo constante, la pérdida de la juventud, las secuelas físicas y emocionales. Erich Maria Remarque, en Sin novedad en el frente, narró la Primera Guerra Mundial desde la mirada de jóvenes enviados al frente, hace casi un siglo, en una experiencia que sigue repitiéndose hoy en distintas regiones del mundo. En Una constelación de fenómenos vitales, Anthony Marra sitúa el foco en la infancia durante la guerra en Chechenia, a través de un niño de ocho años.
En todas estas obras se desmonta la retórica heroica para mostrar el impacto real de la guerra. Porque el problema no es leer la palabra “guerra”. El problema es que, mientras la leemos o la escribimos, alguien la está viviendo.
El Índice de Paz Global del Institute for Economics & Peace estimó que a inicios de 2026 había 56 conflictos armados activos, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial, con más de 90 países involucrados en enfrentamientos internacionales o transfronterizos. Otras fuentes vinculadas a la tan fallida ONU hablan de alrededor de 40 conflictos activos. Las cifras varían, pero coinciden en algo: el número es alto.
Ningún gobierno ofrece información completa sobre el total de efectivos desplegados ni sobre las bajas reales. La opacidad forma parte de la estrategia. En contraste, ACNUR reporta que en 2025 había 122.1 millones de personas desplazadas por guerras, violencia y persecución, una cifra récord que incluye tanto a quienes cruzan fronteras como a quienes huyen dentro de su propio país. En términos simples, aproximadamente una de cada 70 personas en el mundo vive fuera de su hogar por causa de conflictos armados. Muchas lo hacen después de haber perdido familiares cuyo nombre rara vez trasciende las estadísticas.
Sabemos que ninguna guerra surge sola. Es resultado de decisiones políticas, discursos que exacerban diferencias, nacionalismos y disputas geoestratégicas. También tiene una dimensión económica evidente: altera mercados, rutas energéticas, cadenas de suministro y presupuestos públicos. La infraestructura es destruida; hospitales dejan de funcionar; escuelas se convierten en ruinas. El Banco Mundial ha advertido que la reconstrucción de países afectados puede tardar décadas. Las generaciones siguientes heredan deudas financieras, fracturas sociales y el dolor de su historia destruida. Con todo lo que ha sucedido este pasado fin de semana, queda claro que mucho se seguirá escribiendo sobre la guerra y la literatura continuará intentando comprenderla. Pero desde ahí el papel no sangra. Las personas sí, ahora.
Edmée Pardo para Opinión51